Evelina no podía creer lo que acababa de escuchar. Su corazón, ya roto, se destrozó aún más. Siempre había sentido que Adrián no le decía toda la verdad. Su intuición le susurraba constantemente que las cosas eran demasiado buenas para ser ciertas. Ahora, su sospecha se confirmaba de la peor manera. —Por favor —la llamó él, sacándola de sus pensamientos. Adrián le tendió la mano y ella la tomó, aunque su mirada seguía fija en la de él, llena de conmoción. Evelina deseaba con todas sus fuerzas que la traición que sentía se desvaneciera, solo para poder mirarlo nuevamente sin querer romper a llorar. —No quiero perderte —murmuró Adrián, acercándola a su pecho y rodeándola con su brazo. Apoyó la cabeza en el pliegue de su cuello, mientras Evelina permanecía inmóvil, como un autómata. El roc

