—Lo siento—, volvió a decir ella, sin aliento por el acalorado beso. Su cuerpo se congeló mientras se mordía el labio. Su mente empezó a procesar lo que acababa de ocurrir y no supo cómo reaccionar. Evelina enarcó las cejas y se encontró mirando hacia abajo, a la nada. En su cabeza se repetían una y otra vez todos los errores que acababa de cometer. —Evelina—, dijo él. Ella miró aquellos ojos grises que parecían hacer que todo se sintiera bien. Necesitaba eso, necesitaba que todo estuviera bien. —Adrián—, respondió ella. —Sólo por esta noche. Por favor, quiero que estés conmigo—, le dijo él. Era casi como si supiera exactamente lo que pasaba por su cabeza. Ella pudo sentir cómo se rendía a su corazón mientras asentía con la cabeza. —Vale, pero hueles a sudor. Deberías ducharte primero

