Evelina meditó cuidadosamente cada una de sus palabras. No podía comprender cómo Johnathan podía conocer el número exacto de guardias que la rodeaban. Tal vez solo era consciente de los cuatro que se encontraban sentados a dos mesas de distancia. —Está bien —asintió ella con determinación. Se levantó con calma y se dirigió hacia la mesa donde los guardias la observaban con una mezcla de desconcierto e incredulidad, como si su petición fuera absurda. Pero Evelina tenía un plan claro. Johnathan podía pensar que era astuto, pero ella estaba decidida a demostrar que era más inteligente. —Por favor, ¿podrían dejarnos solos? No necesitaré más de sus servicios esta noche. Gracias, y asegúrense de informar al señor Dimitrov que su ayuda ha sido muy apreciada —dijo en un tono lo suficientemente

