Santiago Rúales abrió sus ojos, parpadeó un par de veces para divisar el lugar en el que se encontraba. Lo primero que vio fue a su amada Lucero y en sus brazos a una pequeña de año y meses. Sonrió y sus ojos negros se volvieron a cerrar cuando una luz atravesó su pupila. —Amor, mira, es nuestra hija, se llama Kader— pronunció al dejar escapar un sollozo. —¿Nuestra?, tuya y mía —Lucero asintió y la acercó a él. La pequeña pronunció papá y Santiago amó esa carita de porcelana. La noticia de recuperación fue esparcida por todo el país. Todos sus familiares se hicieron presente, Pedro se clavó a llorar sobre el pecho de Santiago. Al no ver a su madre imaginó que estaba enferma, pero cuando se enteró que había muerto, un vacío en su pecho se hizo presente. A pesar de que Margo no fue l

