Capítulo treinta y ocho: Nuestra historia Brandon Hell Siento que me incinero. Mis malditos labios queman en mi piel. El roce de mis dedos que se han atrevido como kamikazes a subir a tocar allí, donde estuvo su boca, es un puto hierro caliente para marcar ganados. Me obligo a apartar la mano de un tirón, desahogo la furia en un gruñido y rompo todo lo que encuentro a mi paso por el escritorio en mi habitación. No puedo retenerla. Dentro de esta inmensa intensidad que nos bombardea, no puedo dejar que se quede. No soy tonto, sé lo que busca, sé lo que espera de mí y yo... no puedo dárselo. Dejarla anclada a mí es condenar a esa mujer a ser miserable. Tal vez ahora quiera quedarse, pero tarde o temprano deseará escapar... o tal vez termine muerta antes de que eso suceda. «No, no

