Matías Sokolov El mundo tiene un zumbido constante cuando dejas de tomar las pastillas que te entumecen el cerebro. Es una vibración eléctrica, una melodía de poder que solo yo puedo escuchar. Maximiliano siempre pensó que yo era el hermano "roto", el que necesitaba ser encerrado en una caja de cristal para que no manchara el impecable linaje de los Sokolov. Pero mientras la camioneta blindada se desliza por los senderos laterales, ocultos por la maleza y la sombra de los pinos, me doy cuenta de que yo soy el único que entiende la verdadera naturaleza de nuestra sangre. No somos hombres de paz. Somos depredadores. Y un depredador no pide permiso para recuperar lo que le pertenece. —¿Recuerdas el código de la entrada de servicio? —La voz de Irina me llega desde el asiento del conducto

