Maximiliano Sokolov El cielo, aún en la transición de la noche a la mañana de sábado parecía no querer amanecer era un reflejo de la tregua en la que vivíamos no era paz pero tampoco era guerra abierta Ainoha seguía en la cama, en el lugar que yo había abandonado minutos antes, observando la luz con la misma distancia cautelosa que me dedicaba a mí. Sabía que si ella se quedaba, no sería por mis palabras, sino por el miedo a la guerra que yo acababa de desatar en su nombre y por el ancla de nuestro hijo. Me puse una bata de seda que Ignacio había enviado y llamé a la seguridad, dando las órdenes logísticas para el retorno luego me dirigí a la cocina era mi penitencia, necesitaba ensuciarme las manos, no con sangre, sino con la banalidad del mundo real. Saqué los ingredientes.

