Maximiliano El rugido de las hélices del helicóptero era lo único que lograba acallar el ruido ensordecedor de mis propios pensamientos. Debajo de nosotros, la costa se extendía como una línea de plata y carbón. En una de esas villas, protegida por los muros que mi madre compró y por los hombres que mi apellido paga, estaba él. Alejandro. Mi padre. Aunque la palabra "padre" siempre me había sonado a un concepto técnico, a una formalidad biológica que carecía de peso real. No fue él quien me enseñó a sobrevivir en este mundo de lobos. Alejandro nunca fue un Sokolov era solo el viudo de la heredera, un hombre que llegó a la familia con las manos vacías y logró entrar en la cama de mi madre para chupar la sangre de nuestro imperio durante décadas. Mi abuelo siempre me lo advirtió: "

