Epílogo

1135 Palabras

Ainoha ​El sonido del Mar Jónico es distinto al rugido gélido del Báltico. Aquí, las olas no golpean con furia, sino que lamen la arena blanca con una cadencia perezosa, casi curativa. Han pasado seis meses desde que dejamos atrás las sombras de Rusia, y aunque el sol de esta isla privada calienta mi piel, todavía hay rincones en mi alma que guardan el frío de aquella noche en la cabaña. ​Maximiliano cumplió su palabra. La mansión de los muros de concreto es ahora un fantasma en nuestra memoria. Pero Max no dejó de ser quien es; el Soberano no abdica, solo traslada su trono. Desde este paraíso blindado, él sigue manejando los hilos de su imperio. Los hombres con pinganillos siguen ahí, camuflados entre las palmeras, y las pantallas de su nuevo despacho subterráneo parpadean con flujos

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