Maximilian El sábado amaneció con una claridad que me resultaba ofensiva. El sol se filtraba por las cortinas, iluminando la habitación con una paz que yo no sentía en mis huesos. Me quedé mirando el techo, escuchando el suave murmullo de la casa despertando, y tomé una decisión que iba en contra de cada fibra de mi entrenamiento yo también iría. No podía quedarme en el búnker viendo píxeles en una pantalla mientras mi mundo entero estaba expuesto en una casa de campo sin muros. Cuando Ainoha salió del vestidor, ya lista para el día, me encontró sentado al borde de la cama, terminando de abrocharme una camisa de lino azul marino, mucho más informal de lo que jamás solía usar. —¿Qué haces, Max? —preguntó, deteniéndose en seco. Sus ojos recorrieron mi ropa con sospecha—. Pensé que Noah

