El camino se empezaba a estrechar, y me conducía hacia abajo de una loma, en dirección a lo que parecía ser el sendero seco de un río. Lo seguí durante unas horas, sin saber a dónde me conduciría. El andar suave y sosegado sobre la pradera se había convertido en un andar torpe y tortuoso, pues aquellos cantos redondeados hacían que allá donde pisase se moviesen las piedras como huyendo de mi peso, estando a punto de caerme en varias ocasiones. Por llegué a algún sitio, se trataba de un pequeño río de escaso caudal, pero suficiente para refrescarme antes de continuar camino. Estando en esto vi cómo se acercaba un hombre un poco más adelante a dar de comer a su montura, un espléndido caballo que cargaba unas pesadas alforjas bordadas con llamativos colores. Al principio no supe qué hace

