Camila se perdió de su vista y ella se quedó en la soledad de la casa a llorar con desconsuelo. Su madre despachó a la servidumbre porque le daba vergüenza que la vieran en el estado en el que se hundió. La quemaba pensar en que no encontró la forma de salvarlo; no consiguió que León viviera. Ya no podría buscar que se le perdonara para que, si todo se acomodaba, volviesen a estar juntos para amarse. Una idea rápida cruzó por su cabeza y haciendo caso omiso a la petición de su hermana optó por volver a salir. Se sentía tan desesperada que ya no se detenía a pensar con claridad. Dirigió su andar hasta la morada de la concejal más prudente y que apenas llevaba un par de años en el cargo, su nombre era Violeta, una mujer de cincuenta y cinco años que pensaba muy similar a Alí, el amigo que t

