Capítulo 1: La parte doble R de mi vida.

1379 Palabras
Narra Amanda. No puedo controlar soltar un suspiro al pensar en mi niñez, o mejor dicho: la parte doble R de mi vida, de ello solo quedan risas y recuerdos. Si hay algo que nosotros los “adultos” deseábamos con ansias desde niños era ser lo que somos ahora. No hay en la tierra un niño que diga “no quiero ser adulto” y aunque lo hubiera, pobre de él, el tiempo se pasa muy rápido. Hoy estamos corriendo hacia los brazos del peluche gigante de Mickey Mouse y mañana estamos corriendo detrás de la guagua para no llegar tarde a la universidad o trabajo. Así es la vida, y por eso hay que disfrutar cada minuto. Nacida en la hermosa Ciudad de Panamá, en uno de las casas más hermosas e históricas de nuestra ciudad, me había acostumbrado a ir todos los meses a un nuevo museo con mamá, Patricia, y papá, Amador, de allí mi nombre. Visitábamos frecuentemente la casa de mis abuelos maternos ubicada en ciudad Colón, en donde comíamos patacones y sancocho hasta satisfacernos; la abuela siempre preparaba todo tipo de dulces, entre ellos, los infaltables suspiros que sabía que mis primas y yo amábamos. Patricia Alcalá y Amador Bayer; mis padres, se conocieron en la universidad de Columbus en la competencia anual de saberes entre todas las universidades del país. Papá estudiaba contabilidad, mamá Derecho; la competencia juntaba a los mejores de sexto año de toda las carreras dadas en la universidad para formar equipos en contra de otras universidades, así que, afortunadamente ambos destacaban. Según mamá, no sabe cómo estando por cinco años y un poquito más en el mismo lugar, jamás vio a mi padre, pero cuando lo hizo, la conexión fue inmediata. —Fue completamente mágico, Amanda… como si estuviera en donde debía estar. —Y eso no solo lo sentía mamá. —Me sonreía papá—. Supe que era para mí desde que la vi, y ahora te tenemos aquí, eres una de las hermosas razones por la cual permaneceremos juntos lo que nos quede de vida. Papá era un romántico, mamá era un poco más dura pero, al final, terminaba cediendo. Así que crecí en ese núcleo, en donde solo éramos los tres, en donde ambos me brindaban el amor que necesitaba, donde, tal vez, sembraron en mi altas expectativas para con el amor. Quería tener lo que ellos, quería ser feliz como ellos, era muy pequeña pero estaba segura que buscaría inalcanzablemente eso, eso que les hacía brillar al verse. Hace mucho tiempo, desde el punto en que me encuentro, exactamente cuando era una niña, mi rutina diaria era como la de cualquiera a mi edad ¡Jugar! Llegaba a casa de mi tía paterna cuando papá debía ir a trabajar ¡Y a jugar se ha dicho! Oh vaya, los juegos inocentes de los niños, todos amamos esta etapa de nuestras vidas. No nos preocupábamos por nada más que por la comida, dormir, ver televisión y jugar, para que cuando nuestros padres llegaran agotados del trabajo buscándonos, nos quedáramos llorando porque no habíamos jugado lo suficiente. —Está bien, otro ratito más mientras converso con tu tía… Y es que nunca era suficiente. Cuando eres niño no hay límites, te los ponen, eso sí, pero desde tu punto de vista no los hay. Así que allí estaba yo, saltando en aquél colchón inflable con forma de un castillo color rosa, grande, divertido, hermoso. Sin parar, mis cabellos rizados volaban a la par de mis saltos y mi risa aumentaba cuando mis primas, unos tres años mayores que yo, me hacían cosquillas. Era la fiesta de ellas, y como morochas que eran, siempre vivían discutiendo por todo, yo no entendía por qué, era muy pequeña; ambas se paliaban por ver con quién era yo más feliz, y la verdad es que era feliz con ambas, pero solo cuando no estaban con sus amigos de la cuadra. No me gustaban los momentos como los que sabía que pasaría al verlos entrar al colchón inflable. Mis primas, Yoana e Ivonne, siempre intentaban cuidarme, pero en ocasiones, ahora que lo comprendo, solo ignoraban las cosas para que no pasara a mayores. Sin embargo, ese día, en su cumpleaños número siete ambas tomaron un bando, el que más les convenía según lo que su mentalidad a esa edad les permitía. —No empiecen con sus estupideces —decía Yoana, colocándome detrás de ella. —Ellos no están haciendo nada, Yoa, cálmate.. —Ivonne nos miró a ambas y luego a sus amigos—. ¿Vienen a jugar? Sus amigos asintieron con una sonrisa que pude ver, era algo sincera, haciendo que me despreocupara y comenzara a saltar, inocente de lo que pasaría después. —Va a romper el colchón, Ivonne. ¡Sácala! ¡Saca a esa niña gorda! —¡Que la saquen! ¡Que la saquen! —coreaban los demás. Yo miraba las mofas que hacían los niños hacía mí, sacaban sus lenguas y reían, así que lloré; lloré porque no era la primera vez que me decían cosas desagradables, y me daba mucha rabia no poder hacer nada. Sin embargo, ese día no fue necesario que yo hiciera algo. No recuerdo en qué instante sentí que estaba segura, si cuando ya resignada estaba a punto de irme y veía de lejos a mis padres, o cuando mi prima, Yoana, tomó del cabello a uno de los chicos que siempre me miraba feo para jalarlo con fuerza y luego proporcionarle rápidamente un empujón a su hermana y sacarme de allí. —Tranquila, Amanda, son unos tontos… —Yo seguía llorando porque quería jugar, y porque no entendía por qué cada que ellos me decían algo yo lloraba—. Eres una gordita hermosa y no tienes por qué hacerles caso. Papá dice que la ignoración es lo mejor. —Bien… —La abracé, la abracé y no me despegué de ella el resto del día. Recuerdo que horas después mi otra prima ofreció una disculpa, y yo la acepté. Ese día, terminamos jugando las tres como si nada hubiese ocurrido, y cuando llegamos a casa, le conté a papá y mamá por qué no había querido jugar más en el colchón inflable. Les dije que no entendía, por lo que ellos se miraron y me regalaron una sonrisa y un abrazo fuerte; me dijeron que los ignorara, que nada de lo que ellos dijeran era cierto, pero algo dentro de mí me hacía seguir sintiendo miedo… ¿Miedo a qué? Pues en los siguientes años lo descubriría. … La chica de piel morena sonríe con nostalgia cuando su amiga Dayna se despide de ella a través de una video llamada y le lanza un beso para después cortar la llamada. Luego muerde con algo de indecisión los huevitos de leche que preparó con su mamá después de una larga charla acerca de su padre y suspira; definitivamente necesita dejar de pensar que todo lo que come puede hacerla engordar al extremo de nuevo, y definitivamente necesita acabar con la carrera universitaria que, ya tiene su cerebro hecho trizas, pero no tan trizas como para dejar de escribir. Ella nunca ha considerado que tiene excelente escritura, es más, lo único que se ha permitido escribir es la historia de su vida, así que al recordar que no sabe qué hará con aquél final inconcluso de su propia historia, coloca su bolso en la mesa de granito ubicada en el comedor de la universidad, para buscar lo que recuerda guardó ésta mañana en el bus. —No me asustes —dice nerviosa, cuando saca todos sus libros del bolso y no ve su diario—. Joder… —balbucea sacudiendo el mismo, como si por arte de magia aparecerá—. ¡Joder, joder, joder! ¡Rayos! ¡Mi diario! Debe encontrarlo, porque aparte de tener la historia de su vida con cada uno de sus fracasos amorosos, tiene números telefónicos y hasta números de cuentas de banco, y sabe, que si ese diario cae en manos equivocadas, lo que era una vida triste se convertirá en una vida desgraciada. —Solo espero que no lo vea ningún loco —dice para sí misma, aunque teniendo un mal presentimiento.
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