Narra Amanda.
—Ay, sí, Amanda, por favor —Rodó los ojos —O no me digas que jamás te han dado un beso —Se burlaba Dalia, con la mirada en un vaivén entre Alberto y mi persona.
—¡No será en la boca! —Se apresuraron a decir nuestros guías —En la mejilla es suficiente.
Miré a Alberto con una sonrisa nerviosa y él rodó los ojos acercándose rápidamente a mí para proporcionarme un beso con fuerza en la mejilla. Sí, sé que puedes imaginar cómo me puse; mis mejillas se sentían calientes y aunque mi piel era, o mejor dicho, es morena oscura, sé que la sangre subió por todo mi ser marcándome un leve rosado sobre los cachetes.
Fue algo nuevo y ve vergonzoso, pero para mí, pues parecía que a Alberto no le importaba, ya que con la misma rapidez con que besó mi mejilla se sentó y me sonrió con rostro despreocupado.
Nadie podía saber que era la primera vez que un chico tan guapo me proporcionaba un beso así, es decir, ¡Ni Mat! ¡Ni el mismísimo Mat!
Exhalé soltando la presión que estaba sintiendo porque de ninguna manera debía montarme en la nube de la ilusión, ¡no! ¡No, Amanda! ¡No! Me decía, tratando de actuar normal en el resto del juego que, desgraciadamente, se extendió a dos rondas más, y que, con suerte, la papa no se quemó en mis manos.
Lo que recuerdo después de eso es nulo; nuestro guía nos repartió la comida, luego, antes de dormir comimos galletas frente a una hermosa fogata y nos rendimos cuan bebé a los brazos de nuestras mantas, cayendo en un profundo y caluroso sueño.
...
La mañana siguiente al juego en el campamento fue lo que hizo que, por primera vez en mi vida me sintiera parte de algo, aunque un poquitín malo, importante. Todo comenzó durante el desayuno, cuando una de las chicas de quince años en mi grupo comenzó a hablar sobre su novio, y después de eso, todas parecían tener cosas que contar.
Una de las chicas, llamada Estefany nos contó que ella vivía una pesadilla. Ella, desde que tenía uso de razón se había sentido atraída por su vecino, y solía observarlo desde su ventana cuando se bañaba en la piscina en el patio de su casa, y dijo claramente que habían hecho “cosas”; yo entendía a qué cosas se refería, pues en la mayoría de los libros se hablaba de ese tema, sin embargo, era algo que me seguía intrigando.
Las “cosas” que yo había sentido antes por un chico simplemente eran algo parecido a “las mariposas en el estómago ” además de los latidos acelerados. Mientras Estefany hablaba, quería hablar con alguien frente a frente que hubiera ido más allá, pero era demasiado tímida para indagarle directamente a ella.
—He tenido muchas novias, y espero que no te moleste mi comentario pero... —Rascó su nuca —No has tenido novio ¿verdad?
Las chicas seguían a nuestro guía mientras yo recogía mi mochila para avanzar también. El solo tono de su voz al lado de esa pregunta me había dado escalofríos por lo que, terminé haciendo como si no hubiese escuchado nada.
No quería pensar que Alberto, con su rostro tan serio y buenmozo, fuera uno de esos que, como dicen por allí “tiran la piedra y esconden la mano”. No quería pensar que por alguna razón, fuera otro casanova más. Pero le estaba dando demasiadas vueltas al asunto, no tenía ninguna excusa para pensar mal de él ¡Solo me estaba haciendo una pregunta! y ya lo estaba juzgando solo porque él había tenido muchas novias.
—No, oficialmente —Respondí cuando subimos al bus, pues él, por alguna razón se sentó a mi lado.
—No te avergüences de ello —Me dijo, después de un exhalo.
—No me avergüenzo.
—Pues parecía —Se cruzó de brazos, dejándome ver, aunque delgados, lo fuertes que eran.
—¿Parecía?
—Fuiste la única que no contó nada sobre sus romances —Me codeó para luego sonreír. Yo deseaba en ese momento ser un avestruz —Además, las chicas estaban conversando sobre cierto tema y tú... parecía que querías enterrar tu cabeza en el suelo.
—Ya cállate —Le pedí, con una risa nerviosa para después rodar los ojos.
—Eres adorable —Consideró, haciendo que mis mejillas se calentaran y recordara el beso del día anterior —Pero mejor me callo —Yo me sentí incapaz de contradecirlo.
En el transcurso del viaje no recuerdo si me quedé dormida o simplemente me perdí en mis pensamientos. Sé que en algún momento pensé en papá y mamá, ya que me preocupaba que papá no pudiera hacer lo suficiente para arreglar las cosas con mamá, como también me preocupaba que mamá no pudiera perdonarlo. Estaba siendo egoísta y tenía conciencia de eso, pero si una de las cosas que ellos me habían enseñado era que, independientemente del problema que fuera, todo en la vida tiene solución.
Habíamos llegado cerca de la laguna de la Yaguada. La vista era hermosa, el ambiente era silencioso, pero sin tener un aspecto misterioso. Podía respirar el olor de las plantas y lo húmedo de la tierra, era simplemente hermoso.
A los pocos minutos de llegar las chicas y yo tuvimos que turnarnos en un baño portátil para hacer nuestras necesidades y asearnos. Horas después de almorzar algunos sándwiches, los chicos de los grupos menores cantaban, bailaban y jugaban, incluso, mientras nuestro grupo formaba las carpas un grupo de chicos pasaba por nuestro lado diciendo lo aburridos que éramos, entre ellos Dalia; ella hacía que con tan solo verla se me revolviera el estómago.
No la tragaba.
Nadie podía pedirnos mucho, ¡¿divertirnos?! estábamos en medio de la nada, sin ningún aparato electrónico; algunos quizá extrañando sus teléfonos, otros seguramente anhelaban llegar y ver alguna serie, otros el aire acondicionado, o como yo, la laptop para leer un libro.
—¡A que son gallinas! —Dijo el otro chico del grupo, Rodrigo, llamando nuestra atención —A que no se atreven a sabotear esto para poder irnos ya.
Su cara demostraba aburrimiento, cansancio y decisión, seguramente igual que la mía, pues debíamos pasar la noche allí, y no sería hasta la tarde del día siguiente que nos iríamos.
Volteé, asegurándome de que nuestro guía se mantuviera alejado de nuestro circulo en donde ya, en un intento de no tirarnos a la laguna, nos encontrábamos jugando Stop. Dos de las chicas comenzaron a negar con sus cabezas, diciendo que era una locura, que no serían capaz de eso, mientras que yo...
—Me parece bien —Opiné.
—¡Amanda! —Me miraron todos, sorprendidos.
—Quiero irme, me esperan libros en casa —Alcé los hombros, los demás rieron.
—Stop! —Gritó Estefany, por lo que recibió un zape en la nuca por parte de Valentina, otra campista, haciéndonos reír —Ay perdón... ¡Yo también me quiero ir!
—Shhhhhh.
Rodrigo había sido claro y preciso, después de todo, no era algo tan complicado, no a nuestros ojos. Primero, imagínate esto con música de espía; dos de nosotros debía simular un horroroso dolor estomacal, mientras que dos se quedaban allí con los enfermos y los guías; los restantes se encargarían de sabotear los juegos o plantar algo en las carpas de los demás.
Así que, después de largos minutos turnándonos y buscando algo que funcionara, volvimos a nuestros puestos para empezar la travesía. Cabe destacar que, como mala mentirosa que era yo, pues debía ir con los saboteadores, lo cual en el fondo no me hacía sentir muy bien pero ¡Vamos! En general sabía que iba a ser divertido.
Valentina y Rodrigo gritaban y lloriqueaban por el supuesto dolor estomacal que tenían, ¡y vaya que sabían hacerlo bien!, hasta podía ver cómo Rodrigo soltaba algunas lagrimitas, así que mientras dos de las chicas se quedaban con ellos además de nuestro guía, Alberto, Estefany y yo fuimos de grupo en grupo para sabotear lo que estuvieran haciendo los demás.
—¡Hey! ¡Algo les pasó a los chicos del grupo tres! —Gritó el guía del grupo dos, haciendo que el del grupo uno se alertara.
—No muevan ni una uña ¿entendieron?
Los niños del grupo número uno formaron un circulo, y mientras algunos se preocupaban por lo sucedido otros comenzaron a aprovechar que su guía no estaba para tomar dulces y fastidiar a sus compañeros. El revuelo que se armó por las peleas no los hizo darse cuenta que tanto Alberto como Valentina, plantaron una hermosa caca de algún animal en la cava en donde guardaban sus refrigerios. Después de acabar con eso corrimos al grupo dos.
—Vamos, ¡lánzalo ya, Amanda! —Me susurraba Estefany, impaciente.
—Espera, déjame escuchar...
Dalia se encontraba diciéndole a las chicas de su grupo que conservaran la calma, que era mejor que se mantuvieran al margen, porque si algo salía mal, la culpa sería de nuestro grupo y ellos se quedarían disfrutando del campamento sin nuestra presencia. La sangre me hirvió, pero antes de que pudiera arruinarle su estúpida paz escuché algo de su boca que me hizo raramente sonreír.
—No, gracias cariño, soy alérgica al maní.
Definitivamente era algo que jamás podría olvidar, pero ¿Por qué? ¿En serio me creía capaz de hacerle daño así? No, me quería convencer de que no, así que sacudí mi cabeza y vertí en el suelo la arena con miles de hormigas a unos pocos metros de su círculo. Salimos corriendo de allí como pollitos en fuga o mejor dicho: delincuentes desarmados.
—¡Eso estuvo increíble! —Expresó Alberto al detenernos y ver que nuestro grupo no estaba en donde le habíamos dejado.
—Es la primera vez que hago algo así, ¡Dios! —En mi pecho no cabía la adrenalina.
—Me regresaré al grupo uno, allá está la enfermería, seguramente los llevaron allá.
La voz de Estefany se perdió en el viento, y Alberto y yo nos encargamos de mojar toda la leña que había encontrado y guardado nuestro guía para la fogata en la noche. Y así fue como, entre risas, mi cuerpo se encontraba flotando encima de una nube por la hermosa aura del chico y su mirada que, después de algunos segundos en silencio, pude mirar de cerca; al parecer sus ojos eran más oscuros que la miel, pero tenían un brillo que jamás había visto.
—A que no te atreves a... besarme —Susurró en mi oído, causándome escalofríos.
—A que no te atreves tú.
Con aquella respuesta inesperada de mi parte las manos de Alberto me rodearon la cintura mientras ambos cerrábamos los ojos y yo, torpemente me dejaba guiar por sus labios. Se sentían blandos, y aunque eran poco carnosos podían encajar tanto con los inexpertos míos, como con los latidos de mi corazón.
Mi primer beso real...
—¡Bayer! ¡Fernández! ¡¿Qué están haciendo?! —La voz de nuestro guía nos bajó de aquél beso espacial que, estaba segura, si duraba un poco más, me iba a costar demasiado querer tomar aire.
Mis mejillas ardían sin poder bajar su temperatura, completamente sorprendida de que enserio podía gustarle a ese chico, mientras que, además de los chicos de nuestro grupo, los demás comenzaron a murmurar la información que seguramente nos mantendría castigados.
—¡Nos vamos! —Dijo con seriedad nuestro guía —Alguien saboteó los grupos, ¡y esto no se quedará así!
Las chicas, y Rodrigo quién aún simulaba un dolor de estómago, nos guiñaron el ojo con cierta picardía, causándonos una risita que terminó de desaparecer mi miedo, el cual se fue convirtiendo en felicidad al recordar aquél beso; felicidad que se convirtió en tristeza al darme cuenta de lo que pasaría después.
Ya que habíamos arruinado nuestra estadía cerca del lago quizá pasaría mucho tiempo para volver a ver a ese chico.
—No sé si arrepentirme de haber saboteado todo —Expresó Alberto, mientras recogía sus cosas —No quiero que acabe así —Confesó mirándome a los ojos, cosa que me desestabilizó el suelo.
—¡¿Quién saboteó la leña?! —Gritó nuestro guía, con las mejillas completamente rojas.
Alberto y yo nos miramos a la cara; yo sentía algo de pánico, pero desapareció cuando torpemente nuestro guía tropezó con alguna cosa y su cara cayó en la bolsa en la que Rodrigo había guardo más caca, por si el plan no funcionaba correctamente.
Mi rostro seguramente se tornó pálido al no ver alguna reacción por parte de nuestro guía los primeros segundos. Todos estaban sorprendidos, pero cuando él soltó una carcajada después de fingir llorar y reímos con él y de él, supimos que todo podría estar bien. O eso esperábamos.
...
El libro que Alan tiene en sus manos cae a sus pies cuando, de repente, una llamada lo hace sobresaltar.
—Jefe.
—Dentro de tres semanas hay una entrega importante.
Alan asiente, aunque su jefe no lo puede ver —¿Qué tan importante?
—No te incumbe, Alan, te estaré informando.
—De acuerdo.
—Ah... —La voz del hombre carraspea antes de continuar —Nuevamente debes hacerte pasar por mí.
—Como mande, capitán —Sonríe sin problema.
—Pero, es serio, Alan, te pido que desde ya busques a la persona que deberá acompañarte.
Alan frunce el ceño —¿Yo con un acompañante? ¿Desde cuándo? —Se siente ofendido.
—Desde que todos mis amigos y enemigos saben que me he casado —Respondió, algo cansado —Debe ser hermosa y de piel morena. Te llamaré pronto.
El chico de ojos verdes suelta un bufido sintiéndose irritado porque ahora quién sabe lo que tendrá que hacer para convencer a una chica desconocida para hacerse pasar por su esposa, pues no tiene amigas con esas características, aunque...
—¿Amanda y yo somos amigos? —Se pregunta a sí mismo con ironía mientras observa el libro/diario.