—¿No desayunas hoy?—De mala gana, mamá pregunta. Ella me observa de arriba abajo, mientras bebe café de aquella tasa caliente sobre sus manos. Mi madre siempre solía mirarme de esa forma cuando algo en mi aspecto no le parecía apropiado. Tragando grueso, acomodo nuevamente la falda de mi uniforme y ordeno los libros dentro de mi mochila rápidamente. Es tarde y no quiero demorarme aun más.
Desayunar solo me haría atrasarme para la primera clase. He despertado tan tarde que apenas me ha dado tiempo de coger la mochila. Es increíble que lleve todos los libros hoy. Casi siempre olvido el libro de literatura, y es porque lo odio. Clark es mi profesor, él mas odioso de todos. No me perdonaria llegar tarde a su clase, pero... Ha sido un verdadero desafío despertar esta mañana, después de todo lo que había bebido ayer. Mi cabeza aun palpitaba del dolor.
Mi madre me lanza una mirada de ojos entornados en cuanto deambulo hacia la nevera. Se nota que ha despertado de malas... Y yo tampoco tengo ánimos de verla. Niego, mientras cojo una manzana del frigorífico.
—Alex viene a por mí. —le comento a mamá, a quien, como por arte de magia, se le forma una sonrisa resplandeciente en el rostro. Su humor había cambiado completamente al oir aquel nombre. Simplemente, me limito a rodar los ojos.
Alexander es mi mejor amigo desde que comencé el preescolar, y cuando hablo de mejores amigos... Me refiero a que hemos sido inseparables desde que estabamos en pañales. Mamá lo adora, porque dice que es encantador y el chico perfecto para mí. Aun que no ha logrado que yo deje que verlo como un simple amigo. Alex conoce toda mi vida, y por supuesto, yo conozco toda la suya.
Las relaciones entre amigos siempre suelen separar a la gente y separarnos a nosotros podría ser un delito. Así que me daba igual que mamá lo pusiera en bandeja de plata para mí, porque Alexander jamás dejaría de ser mi mejor amigo.
—Joder... ¡Ya vamos tarde! —Ansiosa, observo una y otra vez el reloj sobre mi muñeca. Aquel artefacto había sido un regalo de mi padre, uno muy útil ahora que no tenía señales de vida de mi mejor amigo. Le había enviado cientos de textos esta mañana, pero estaba segura de que el muy gilipollas se había quedado dormido. Ayer había bebido hasta el agua del vater en la fiesta en casa de Grefg, uno de los tíos que también pertenece al equipo de fútbol. Alex no parecía muy contento de verme con Jordan y le había perdido el rastro apenas empezar la fiesta.
—No puedes irte con el estómago vacío, Dafi. —Esta vez, quien me reprende no es mamá, sino una voz áspera, pausada y dulce. Su cabellera canosa y abundante apareció frente a mis narices. Con solo oírla llamarme de esa forma sabía que solo podía tratarse de... Susan. Ella pellizco mi nariz, dejando un plato frente a la encimera sobre mí. Susan, quien había sido mi niñera por prácticamente toda mi vida, me observa con una sonrisa de oreja a oreja. Me limito a devolverle el gesto. Cuando ella estába conmigo me sentía como en casa, había sido más que una madre para mí. La conocía desde que era prácticamente una cría. Virando los ojos, le doy un mordisco a la tostada con mermelada que me había dejado como desayuno. Susan no parece satisfecha y se cruza de brazos, alzando una ceja. Mis ojos se abrieron como platos, eludiendo.
—¡Por dios, Nana! Alex y yo tenemos que caminar dos kilómetros al instituto.
—No hace falta, yo los puedo llevar. —Aquella voz ronca y aterciopelada inundó mis oídos. Cerré los ojos con fuerza, deseando que aquello hubiese sido solo una horrible pesadilla. ¡Por dios! Él ya estaba perturbando mi paz.
En cuanto abro los ojos, nuevamente; Demián se encontraba frente a mí, con una sonrisa malévola danzando entre sus carnosos labios. Pude jurar que mi cara había sido un monumento. Él terminó de colocarse la corbata que ahora adornaba su traje de sastre azul marino. Sus ojos estaban observándome de pies a cabeza, una chispa extraña llenaba su piscina. Juraría que podría notar la diversión en aquellos ojos. ¡Estaba burlándose de mi uniforme! Mi mandíbula cae al suelo. No puedo replicar ni una sola palabra, cuando Alex se aparece por la puerta de la cocina de nuestra casa.
Sus ojos, tan azules como de costumbre, se clavaron en los míos. Alex me observa con una sonrisa de dientes perfectos, mientras se acomoda su alborotado cabello rubio. A pesar de que hay gotas de sudor que recorren su frente, él luce espectacular. Alexander siempre robaba las miradas, los suspiros y sobre todo, las bragas de las chicas. Mi mejor amigo es capitán del equipo de fútbol y sobre todo, el más guapo del instituto. Había pensado siquiera la idea de si le gustaban las chicas, puesto que, jamás lo había visto con alguna tía en algo más allá de solo follar. Él era esos típicos tíos que veían a las chicas como diversión, les destrozaban el corazón y después se conseguían una nueva presa.
Mi mejor amigo y yo, nos miramos entre sí, uno con peor cara que el otro. Sabía que estamos pensando exactamente lo mismo. Mi padrastro estaba volviendose completamente loco. Termino por fulminar q Demián con la mirada, quien, muy preocupado; me observa con una sonrisa malévola en los labios. Suplicándole a mamá que sea una broma de mal gusto, me dirijo hacia ella; sin embargo, aquella ignora mi presencia en cuanto sus labios se posan sobre la mejilla de aquel energúmeno que estaba dañando mi vida: Demián Holloway.
—¿Y esas caras...? Pensé que no querían llegar tarde... —Demián se echa un suspiro dramático, como todo un tonto. Ruedo los ojos, enfadada. Por la mirada que me estaba echando era más que evidente que le divertía la situación. El muy imbécil, quiere fingir frente a mamá que es un excelente tío.
¡Por dios! Lo detesto más que a la mostaza. Nuestra relación es como los perros y los gatos, no podíamos estar solos porque el caos comenzaba por si solo. No puedo verlo ni en una pintura. Vamos, no quiero sí quiera respirar su propio aire. Lo aborrezco, yo...
Yo, ¡Por dios! Yo ahora me encontraba junto a mi mejor amigo, arrastrando los pies detrás de mí padrastro, como unos completos inadaptados. No había una humillación más terrible que la que estaba viviendo. Demián había logrado salirse con la suya. ¡Había convencido a mamá! Vaya que me había costado coger la mochila e ir detrás de él, pero no me quedaba más remedio. No quería comenzar una pelea campal con mamá desde temprano. Alex y yo nos observamos un momento; nuestras caras de culo eran más que evidentes. Demián, ageno a nosotros, se hacía el chulo, saludando a su guardaespaldas y dándole órdenes de saber Dios que cosa.
—Creí que preferías caminar al insti...—Alex habla, a regañadientes. Las palabras escapan de su boca en un susurro. Ruedo los ojos, más que hastiada. Aunque quisiera... No podía dentrrrlo. Ambos íbamos detrás de Demián, como sus cachorros, cruzando la cochera. Él meneaba las llaves del coche sobre sus dedos, silbando alguna canción anticuada.
—No puedo culpar a mamá por enamorarse de un idiota... —Escupo a regañadientes, solo para que Alex me escuche.
Una vez llegamos frente al vehículo, Demián se apresura por abrirme la puerta trasera de su coche. Gilipollas. Le observo con una mala cara, y por un momento, ambos tenemos un duelo de miradas, hasta que Alex interrumpe el momento con un carraspeó; y tengo que obligarme a subir al deportivo, de mala gana. En realidad, su coche no era exacta lo que me impresionaba... Con papá he vivido una vida llena de lujos. Esto no es nada nuevo para mí, pero que se haga el caballeroso abriéndome la puerta, me ha colmado la paciencia.
El camino al instituto es incomodo. He pasado más de 15 minutos viendo a través de la ventana. Nadie habla. Inclusive parece que nadie respira, pero la sonrisa incomoda de Alex lo dice todo: Me odia.
—¿Que tal tu noche de primer ultimo año...?—La pregunta escapa por su sola de mis labios. Por el rabillo del ojo, puedo notar cómo Demián nos echa una mirada extrañada por el espejo retrovisor. Ignorando la presencia de aquel energúmeno, me dispongo a observar a Alex, quien, se encuentra sereno. La fiesta de anoche terminó muy mal. La casa de Grefg había quedado patas para arriba, después de que se hubiese ofrecido organizar la fiesta del último año de instituto. De pensar que este año sería el último con 17, mis nervios salían a flor de piel. No entendía muy bien como Alex se veía tan tranquilo. Me daba miedo convertirme en una adulta.
—Que graciosa, Daf.—Alex rueda los ojos, hastiado. Por su actitud estoy segura de que su padre le ha echado la bronca al verlo llegar borracho a casa. El papá de Alex era el entrenador del equipo de fútbol, por lo que, siempre le exigía a su hijo mucho más de lo que podía dar. Alex estaba harto, lo sabía porque me lo había hecho saber un montón de veces.—¿Has pasado una buena noche?—Alex se pone serio, y por consiguiente, yo también lo hago.
—¿Siento todo lo que he hecho...? —Me disculpo, aunque mis palabras son realmente una pregunta. No sé muy bien el porqué eso sale de mi boca. Para ser sincera, no recuerdo ni la mitad de las cosas que hice anoche. No siquiera se cómo llegué a casa en perfecto estado. No recuerdo prácticamente nada de lo que sucedió ayer. El rostro enfadado de Alex hace nada más que ponerme de nervios.
—¿Sientes haber vuelto a hacer aquello que dijiste que dejarías atrás?—Alex me observa, furioso, con la mandíbula apretada. Sus ojos azules y llenos de rabia escanean mis piernas descubiertas, instintivamente bajo mi falda, cubriendo mis muslos de su mirada. Sabía exactamente a lo que se refería, pero prefería hacerme la loca. Mi corazón comenzaba a latir con fuerza de solo pensarlo. Después de todo, todo el mundo tenía adicciones. Todo el mundo hacia cosas que estaban mal. —Daf, sabes que te quiero muchísimo, y siempre estaré para ti cuando más lo necesites. —Sus palabras salen casi en un susurro. Sus ojos me observan y puedo sentir como un escalofrío recorre mi cuerpo. El brillo en sus pupilas me hace helar la piel. Demián, quien, tiene la vista en el camino, nos observa con una mirada muy extraña. Sus ojos, bajo el sol, se veían de ambos colores. Aquellos ojos me observaban a través del retrovisor con una pisca de duda. Trago grueso y desvío la mirada, observando por última vez la ventana. El instituto estaba frente a nosotros.
—Llegamos...—Demián avisa, tan apático como siempre. Nos echa una mirada a ambos por el espejo retrovisor antes de meter las narices en su móvil. Él y mamá tenían la misma personalidad, por ello compaginan tan bien como pareja; mi madre estaba feliz y al otro momento se encontraba triste u enojada, justo como Demián.
Alex es el primero en bajarse del coche, y cuando yo estoy apunto de hacer lo mismo, Demián se da la vuelta, sujetándome por la muñeca, deteniéndome.
—Tú y yo, tenemos que hablar.
Sus ojos grises y desafiantes miran a los míos. No evito su mirada, solamente porque no quiero elevarle el ego. Él muy estúpido cree que me pone nerviosa viéndome así... Aquella pisca en sus ojos me quita el aire y me hace volver a la noche de ayer. La mirada que estaba dandome me recordaba a aquella que me había dado cuando estaba azotandome. Un escalofrío recorre mi cuerpo.
—Alex, ¿Crees que podrías adelantarte? —Llamo la atención de mi mejor amigo, quien, me mira un poco extrañado. Alex sabe lo mucho que detesto a Demián. Yo no hablaría con él por decisión propia, pero había algo que atraía como un imán. Había algo que me decía que debía quedarme. Mi garganta está tan seca que tengo que tragar saliva varias veces. —Hablaré un segundo con Demián.
—Claro... —Alex duda un poco de mis palabras, puedo verlo en la expresión de recelo en sus ojos. Tiene el ceño levemente fruncido.—Te espero en el patio.
—¿Qué coño quieres? —Brameo con los dientes apretados, apenas pierdo de vista la figura de Alex. En cuanto mi mejor amigo ha entrado al instituto, me inclino hacía el asiento de mi padrastro, mirándole con una mala cara. ¡Demián ha cerrado mi puerta con seguro! Ruedo los ojos. No sé si cree que puedo escapar de él, pero seamos realistas, aunque pudiera hacerlo, después del instituto lo veré en casa y será el triple de sufrimiento.
—Se más educada... ¿Quieres? —Resoplando, Demián se acomoda el cabello. No puedo evitar mirarlo con una ceja alzada. Él me dulce el gesto, así que tomándole la palabra, me acomodo bien sobre mi asiento, cruzandome de brazos. Desde mi lugar puedo notar cómo su pecho sube y baja, desenfrenado.
—¿Qué sucede, Demián? –pregunto apaciguando mi voz. Sus labios forman una sonrisa malvada. Ha logrado su cometido.
—Así esta mucho mejor. —Demián me observa, aún con aquella sonrisa estúpida sobre sus labios. Una risa escapa de mi garganta, entre dientes, sarcástica. Parece que el muy imbécil no ha notado el sarcasmo en mi voz.
—Y bien... —Carraspeo, aclarando la garganta, llamando la atención de Demián al instante. Sus ojos llenos de aquellos colores extraños me miran, sin decir una sola palabra. —¿Te vas a quedar ahí viéndome con esa cara todo el día?
—Eres una mal educada.—Él suelta a regañadientes. Mis labios se abren, bufando.
—Y tú eres un cínico.
—¿Qué hiciste anoche? —Pregunta, ignorando mis palabras. La mirada dura que me echa, me provoca escalofríos por todo el cuerpo. Cada bello de mi piel se pone de punta bajo sus ojos.
—Acostarme con cada tipo que me viera a los ojos. —Respondo, sarcástica. Él abre los ojos de par en par. Demián me mira como si estuviera loca. Evito reírme, solo para que tome en serio mis palabras. Quizás me haya acostado con Jordan, pero yo no era de esas tías que se emborrachaban hasta perder el conocimiento y luego se metían con él primer tío que se les pusiera al frente. Sabía de sobra el porqué de su pregunta, pero me gustaba el hecho de tenerlo comiendo de mi mano. —¿Qué mierda te interesa que hice anoche, Demián?
—Tu no harías eso, eres mas retorcida. —Demián escupe, alzando una ceja. Una pequeña risa macabra sale de mí. El recelo en sus ojos era evidente. Él necesitaba saber si recordaba cada detalle de anoche, porque tenía miedo de que pudiera contárselo a mi madre. Todo el rompecabezas comienza a unirse en mi mente. ¡Es por eso que se ofreció a llevarme a clases! Canalla. — ¿Cómo llegaste a casa?
—Con los pies. —Demián rueda los ojos, ante mi broma. Él se coge la frente, como si estuviese aguardando paciencia. —Ay, ten un poco de sentido del humor, ¿Quieres? No lo recuerdo, ¿Okey? No se como llegué.
—¿Qué hiciste al entrar? —Me cuestiona rapidamente al oir mis palabras. Sé que espera por mi contestación, pero me desagrada que me bombardee con cientos de preguntas asustadizas. Ni siquiera mamá hace eso...
—¿Nada? —Mis cejas se unen y en cuando noto el alivio en su rostro, sigo hablando. —Oh... ya recuerdo. —Me hago la tonta, como si estuviera pensando. Puedo notar el terror en la cara de Demián. Una pequeña sonrisa diabólica se asoma entre mis labios. —Tú dijiste que me castigarías y luego...
—¡Joder! —Él jadea, acalorado, tomandose la cien. Parece preocupado, pero si el gesto es gracioso. Sus ojos jamás me habían visto como ayer. –No digas eso en voz alta, alguien puede escucharnos...
—¿Y eso te preocupa? —bufo, tirándome sobre el sillón del coche. Las ventanas están arriba, por lo que, cualquiera que camine cerca de nosotros no podrá oír ni una sola palabra. Ruedo los ojos, cuando él me mira con una cara de pocos amigos.
—¿Quieres dejar de ser tan sarcástica? Me colmas la puta paciencia, Dafne.
—Soy una niña, Demián. Eso hacemos las niñas.
—Cuando te conviene. —Demián levanta las cejas, sugestivo. Es como si supiera cosas de mí que ni yo misma sé. Quisiera saber que mierda es lo que pasa por su mente, pero me limito a mirarlo con una mala cara.—Las crías no saben lo que significa follar.
—Y los padrastros no tocan a las hijas de sus mujeres.
—Yo hago lo que me de la gana... ¿Escuchaste? —Demián se da la vuelta sobre su asiento, apareciendo frente a mí rostro. Él me coge el cuello rápidamente, sin dejarme siquiera oponer resistencia. Me cuesta respirar, y aunque estoy constantemente tragando grueso, le sostengo la mirada. No quiero darle el maldito gusto de verlo feliz, cuando él ya ha arruinado mi vida lo suficiente. Sus ojos se clavan sobre los míos como dagas, rabioso.—Baja ya del puto coche.
—¿Y qué si no quiero?
—Te haré bajar.
—Inténtalo. —Replico, cogiendo la mano que tiene sobre mi cuello y quitandola de un solo golpe. Él frunce el ceño, viéndome con sorpresa. Ni siquiera yo sabía que podia hacer algo como eso. —Solo tocame y gritaré como si me estuvieses secuestrando.— Le gruño, cuando el vuelve a su lugar, bufando. —Eso pensé. —Me acerco hacia él, sonriéndole por el rostro. Sus ojos curiosos viajan por mi cara, haciéndome tragar grueso. Su mirada era dura y poderosa. Lentamente, escanea cada parte de mi boca, hasta terminar en mi cuerpo. Demián observa mi pecho, cubierto por el uniforme del instituto. Él, después, mira la piel de mis muslos, y tan pronto lo recuerdo, quitó rápidamente el seguro de la puerta, mientras acomodo mi falda en su sitio. Me ha observado lo suficiente como para molestarme mucho tiempo más. —Chaíto.
Le sonrió una última vez, dejándolo con una expresión totalmente desconectada mientras bajo de su coche.
Estaba, definitivamente, jugando con fuego, pero esto era muy divertido...