Punto de vista GASPAR Había pasado dos noches sin dormir. Demasiadas llamadas, demasiadas filtraciones, y un consejo que lo miraba como si esperara su caída. Pero de todas las decisiones que debía tomar, solo una importaba realmente: con quién iba a pelear la próxima batalla. Golpeó dos veces la puerta del despacho de Helena. Escuchó un “adelante” sin fuerza, una voz agotada. Entró. El ambiente olía a papel húmedo y café viejo. Ella estaba frente al escritorio, rodeada de carpetas, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. No lo miró al principio. Solo dijo, sin levantar la vista: —Si has venido a hablar de la prensa, te ahorraré tiempo: no pienso disculparme por existir. Gaspar sonrió apenas. —No vine por eso. Ella levantó los ojos, desconfiada. —¿Entonces por qué? Él

