El corazón me latía a mil por hora, fui presa de una euforia que nunca había sentido, algo parecido a la felicidad mezclada con libertad, comencé a reír suavemente, luego la risa se convirtió en carcajadas que no podía controlar, me reía de mí misma, de Roger, mi madre… sin darme cuenta ya había llegado a mi destino, ese destino del que nunca debí huir. Parada en la puerta de la casa de Barbara tuve que respirar profundo varias veces para no parecer histérica, traté de componer algunos cabellos que se habían salido de lugar durante mi ataque de hilaridad y como si aquí no hubiera pasado nada toqué el timbre y esperé. - ¡Avril! Qué bueno que llegaste. -dijo Bárbara dándome un cálido abrazo de bienvenida. - ¡Gracias a ti por invitarme! - Pasa -dijo tomándome de la mano

