Dante Después de algunas horas de celebración, subimos a las habitaciones que los padres de Dante arreglaron para nosotros y agradezco el poder quitarme el vestido, y los zapatos, que con cada minuto eran una pequeña tortura. Me pongo mi camisón y me acomodo en la cama con bastante dificultad. —Muero de sueño —bosteza Dante, girando su cuerpo hasta quedar de frente a mí para poder acariciar mi vientre como hace cada noche—. Estoy contando los días para por fin conocer a esta pequeña. —Yo también —le doy la razón. —¿Quieres que te dé un masaje en los pies? Estuviste mucho tiempo parada y se te hincharon mucho. —Tal vez otro día. Ahora mejor duerme, dijiste que morías de sueño —acaricio su mejilla y veo cómo poco a poco comienza a cerrar sus ojos. Con mucha dificultad me acerco a

