Volvió a estrellar su mano ahora contra uno de sus blancos y pulcros sofás, e hizo moverse al mismo, como así también, logró abrir más la herida en su puño derecho y a la que poca atención le prestaba. Era un jodido imbécil, ¿A qué demonios había ido? Estúpidamente había ido buscándola, después de perderse horas en un bar, había aceptado, frustrado, que la extrañaba, la necesitaba… Aura era lo único que lograría calmarlo, su maldita presencia y su jodido cuerpo, ese, que seguramente para esos momentos debía de estar perteneciéndole al desgraciado de Stephen. Su mirada brilló en desprecio y sus piernas temblaron antes de dirigirse a pasos largos y molestos, por otro trago de licor, que era lo único que deseaba, mientras sentía su pecho oprimido en dolor y su estómago de revuelto

