Gabriel Sentía la erección de Manuel contra mi ingle. Cada uno de sus movimientos hacía que nos rozáramos. No sabía sí él era consciente de lo que hacía o si actuaba por puro instinto, pero, definitivamente, iba a matarme así. Tenía que reprimirme todo lo que podía, no quería empezar a tocarlo y terminar con esto. Un nuevo roce hizo que me separara para soltar un gemido. Sentía el cuerpo caliente, pero más la cara. Lo miré con un poco de vergüenza, me devolvió la mirada, parecía igual de avergonzado que yo, pero había otra cosa que brillaba en sus ojos. Le di un corto beso y me separé por completo. —Va a ser mejor que paremos, Manu. —¿Te molesta? —Sí, el pantalón sobre todo —soltó una risita—. Me gustaría tanto seguir, pero no sé si la iglesia sea un buen lugar para esto. —Tenés razón

