Gabriel Manuel se sentó al lado mío y me pidió que lo mirara, acercó un algodón empapado de alcohol a mi cara haciendo que mi mejilla ardiera al instante. Me quejé, pero él no me hizo mucho caso, siguió hasta que dejó de arderme la herida que tenía. Nos quedamos en completo silencio mientras me curaba las heridas que no sabía que tenía en la cara, seguramente por el anillo que usaba mi papá, con dos golpes había hecho que se me abriera la piel. Cuando terminó, Manuel me dio la bolsita de hielo que había traído María y me pidió que la pusiera en mi ojo. Volvimos a quedarnos callados. Él guardó lo que había traído, tiró los algodones y envoltorios de curitas que ahora cubrían mis lastimaduras y salió del cuarto. No tardó en volver para acomodarse al lado mío. —¿Tu confesión tiene algo que

