Lo supe al despertar. Aún con el aroma de Alessandro en mi piel, aún con los latidos agitados resonando en mi pecho como tambores de guerra. Tenía que irme. No por cobardía. No por debilidad. Sino por supervivencia. Había cruzado demasiadas líneas. Había permitido que sus manos, sus bocas, sus cuerpos, sus secretos... se volvieran parte de mí. Y ahora, si quería volver a encontrarme, tenía que desaparecer. Tomé el teléfono y llamé a la agencia. —Necesito salir del país unos días. Descanso. Aire. No estoy disponible hasta nuevo aviso. Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. Demasiado largo para ser casual. —¿Podemos saber a dónde vas, Kira? Esa pregunta encendió una alerta. Jamás me habían cuestionado con ese detalle. La agencia no funcionaba así. Siempre que una scort pedía

