Nunca me gustó pensar demasiado en el pasado. Para sobrevivir en mi mundo, el pasado debe permanecer sepultado bajo capas de lencería, perfume y sonrisas calculadas. Pero ahora, mientras me siento con las piernas cruzadas frente a la ventana, con la luz de la ciudad dibujando sombras en mi piel desnuda, no puedo dejar de pensar. En las miradas. En los gestos. En los silencios compartidos. Y en todo lo que pasé por alto. El acento. Esa musicalidad italiana que Luca tenía cuando se enojaba. La forma en que Matteo inclinaba la cabeza cuando quería decir algo sin decirlo. El modo en que Alessandro te miraba como si ya supiera tu respuesta antes de hacer la pregunta. Los lunares. Pequeños, sutiles, casi idénticos. Y las cicatrices en los nudillos, en la ceja izquierda, en la forma de sost

