El mensaje llegó a las siete de la mañana, cuando aún no había salido del sueño del todo:
“Ven conmigo al lago este fin de semana. Llevaré el vino. Trae tu sonrisa. Te pagaré bien.”
No contesté de inmediato. Me quedé mirando la pantalla mientras la luz del amanecer filtraba apenas una sombra rosa sobre las sábanas. Matteo tenía esa forma de invitarte sin pedirte nada. Y sin embargo, lo querías todo.
A las ocho, envié una respuesta breve:
“Mándame la ubicación.”
Tres horas más tarde, el chofer llegó por mí. Un Mercedes n***o con vidrios polarizados y una playlist de jazz clásico que sonaba suave. Me había dado permiso de dormir en el trayecto. No lo hice. Pasé el camino mirando los paisajes cambiar desde la ciudad al bosque, del bosque al agua. Cuando por fin divisé la casa, la reconocí de inmediato como algo diseñado por alguien que entiende la belleza en la simetría.
Su casa del lago no era grande, pero era perfecta. Moderna, de concreto, madera y cristal. Como un secreto bien construido. La fachada estaba cubierta por hiedra, y el muelle privado se extendía como una invitación directa al silencio.
Matteo salió a recibirme con una camisa blanca remangada y los pies descalzos. Sus rizos oscuros estaban alborotados por el viento, y la sombra de barba le daba un aire aún más provocador. Me sonrió sin prisa.
—Pensé que dirías que no.
—Pensé en decir que no.
—Pero viniste.
—También traje mi sonrisa.
Nos reímos. De esas risas cómplices que rompen las primeras capas del escudo. Entramos.
La casa olía a cedro y café. Había una lista de reproducción suave sonando en italiano. Nos quitamos los zapatos y caminamos hasta el baño, amplio, bañado de luz natural. Una bañera redonda de piedra tallada ocupaba el centro, ya llena de agua caliente y espuma.
Me metí sin decir nada. Matteo siguió mis pasos, desnudo, sin teatralidad. Nos sumergimos y nos dejamos envolver por el calor, por las burbujas, por la comodidad. Me apoyé en su pecho, y comenzó a canturrear una canción italiana de los años sesenta. No entendí la letra, pero me dejé mecer por su voz.
—Siempre quise ser arquitecta —le dije de pronto.
Él no respondió de inmediato. Solo deslizó los dedos por mi brazo, como si me leyera en braille.
—¿Y por qué no lo fuiste?
—Porque a los viente descubrí que era más fácil construir fantasías que edificios. El sueño era caro. La necesidad, inmediata. Y yo... yo siempre he sido buena para leer lo que los hombres quieren ver.
Él asintió. No con lástima. Con entendimiento.
—¿Te has enamorado alguna vez?
Me quedé en silencio. El agua seguía tibia. Sus manos en mi piel. Su pecho como un refugio. Pero no respondí. No podía.
El silencio fue una respuesta en sí misma.
Esa noche, hicimos el amor como si fuéramos de otra época.
En la cama con sábanas de lino, entre velas y sombras, Matteo me exploró con una devoción que me desarmó. Me besó los labios, los párpados, el cuello. Me rodeó con su cuerpo, grande y cálido, fuerte sin violencia.
Sus manos buscaron mis pechos como un hombre que regresa a casa. Los besó, los succionó con hambre y ternura, como si le pertenecieran desde siempre. Chupó mis pezones con una entrega casi infantil, como un niño que busca consuelo en su madre, y esa mezcla de fragilidad y deseo me quebró. Gemí su nombre, me arqueé contra él, lo abracé con las piernas.
Y cuando entró en mí, me llenó por completo.
Era grande. Grueso. Y se movía dentro de mí con una lentitud que rozaba la crueldad. Cada embestida era profunda, acompasada, medida para hacerme perder el juicio. Me tomó de lado, luego de espaldas, luego sobre él, donde sus ojos seguían fijos en mi cuerpo como si fuera una obra viva.
Su fascinación por mis pechos parecía no tener fin. Los acarició, los adoró, los besó una y otra vez hasta hacerme rogar por su sexo. Y cuando me tuvo al borde, me aferró de la cadera y me llevó con él, juntos, envueltos en un sudor tibio y un silencio perfecto.
Nos quedamos abrazados un rato largo, respirando lento. Me sentía tan expuesta que apenas podía sostener la mirada.
Él me besó la frente. No dijo nada.
Yo tampoco.
Al amanecer, me levanté sin hacer ruido. Me vestí junto a la ventana mientras el lago despertaba en tonos de perla y azul. Caminé descalza hasta la puerta. No dejé nota. No me giré a mirarlo dormir.
Me fui como había llegado.
Con el silencio en la maleta.
Y el fuego en el pecho.