Amelia se sentía prisionera en los brazos de Reginald y el Barón de Ziend disfrutaba de lamer los labios de su amante. Él no había venido al castillo para encontrarse con un muro, así que siendo un hombre rudo tomó un poco de lo que consideraba suyo. Amelia cariño; apenas nazca mi hijo nosotros... ¡No es tu hijo Reginald! ¡Lo es! Y lo sé porque sé que ese marqués tieso y arrogante que tienes de marido no te mueve ni un ápice en tu corazón y mucho menos en tu cuerpo... Y para engendrar a una criatura en ti Amelia, debía existir amor... Y yo te di amor del bueno... Lo recuerdo como si lo estuviéramos viviendo ahora mismo, y si me permites Amelia te lo recordaré un poco... Dicen que las mujeres embarazadas hacen que sus hombres tengan más apetito por ellas y creo que es verdad...

