Damian metió a Ariana en su auto y dijo con frialdad:
—Tengo germofobia, así que será mejor que encuentres a alguien que limpie las partes del coche que has tocado.
—¿Qué?
Al diablo con este tipo, no había forma de que Ariana tolerara eso.
—Damian Blackwood, ¿estás loco? ¿Te pedí que me subiera a tu coche? Mi auto está estacionado ahí, así que ¿quién te pidió que te entrometieras? Tú fuiste quien me metió a la fuerza en tu coche. ¿Te intereso o tienes algún otro motivo?
—Ten la seguridad de que no me interesarías ni aunque todas las mujeres del mundo desaparecieran —respondió con indiferencia—. ¿Dijiste que tu auto está ahí? ¿Dónde?
El tono de Damian era frío. Esa chica había dicho que no tomaría nada de su familia, pero ya estaba usando el dinero que su padre le había dado para comprarse un coche.
—Ese Mini verde es mío.
Damian giró la cabeza hacia la derecha. Efectivamente, había un Mini nuevo estacionado allí.
—El dinero que mi padre te dio probablemente era suficiente para comprar la fábrica que produce esos autos, y aun así elegiste algo tan mediocre. Realmente sabes cómo aparentar tener principios —dijo con desdén.
Todas sus cuñadas y su hermana menor conducían autos de millones, pero Ariana había elegido un Mini. O estaba intentando dar lástima para ganarse el favor de su padre, o realmente era una chica de campo que no sabía cómo gastar el dinero.
Sin embargo, por lo que había observado, ella no era ignorante. Más bien, parecía estar jugando algún tipo de juego.
—Dije que no usaría ni un centavo de tu familia, y lo cumplí. Compré este coche con mi propio dinero. Y si no elegí uno mejor, fue por discreción, ¿de acuerdo?
Ariana se frotó el tobillo dolorido; su irritación aumentaba con cada palabra.
Damian la miró con burla.
—¿Tú tienes dinero?
Ariana ya estaba demasiado cansada para seguir discutiendo. Murmuró:
—Me duele mucho el tobillo… Así que o le pides a tu conductor que nos lleve de regreso ahora mismo, o me ayudas a subir a mi coche y buscaré a alguien que me lleve a casa.
Damian observó su tobillo, que ya estaba notablemente hinchado.
Luego le indicó al conductor que los llevara de regreso y avisó a su médico de cabecera para que los esperara en casa.
Cuando llegaron, Damian la cargó hasta la sala de estar, claramente de mala gana. El médico examinó su tobillo y utilizó un dispositivo portátil para tomar una imagen.
—Afortunadamente, la señora Blackwood solo tiene un esguince. No hay daño óseo. Con una semana de reposo, estará como nueva.
—Gracias, doctor —respondió Ariana con cortesía.
—Ahora, por favor, manténgase quieta mientras aplico el medicamento en su tobillo.
El médico desenroscó el frasco del medicamento, pero justo cuando estaba a punto de tratar la pierna de Ariana, Damian le arrebató el frasco y dijo:
—Se hace tarde, debería regresar. Yo me encargo.
Tanto el médico como Ariana lo miraron con incredulidad.
Después de tantos años trabajando con el señor Blackwood, ¿desde cuándo era tan considerado? ¿No había abandonado a su esposa la noche de bodas? pensó el médico.
Ariana estaba igual de desconcertada. ¿Cuál era su intención al querer aplicarle el medicamento? ¿Acaso intentaba asegurarse de que su pierna no sanara?
Cuando el médico se fue, Ariana habló de inmediato:
—No hace falta que te molestes. Me aplicaré el medicamento yo misma.
Damian simplemente la miró con frialdad, tomó su pierna y comenzó a aplicar el medicamento, frotándolo con firmeza.
—¡Ah!… ¡Duele! Damian Blackwood, ¿no puedes ser más suave? —se quejó—. ¿Así es como ayudas? ¡Esto es una tortura!
Un sudor frío recorrió la frente de Ariana. Dolía de verdad.
Por desgracia, Damian no parecía entender lo que significaba ser delicado. Continuó con el mismo movimiento y comentó con indiferencia:
—Las mujeres son demasiado dramáticas.
_____
A la mañana siguiente, no esperaba escuchar que todos los sirvientes de la casa ya habían difundido el rumor de que él y Ariana habían sido extremadamente cariñosos…
Y lo peor: que la noche anterior habían hecho tanto ruido que despertaron a todos los que estaban dormidos.
Ariana se tomó una semana libre de la escuela y, durante los dos primeros días, no se levantó de la cama más que para ir al baño.
Ese día el clima era bastante soleado, con una brisa ocasional que hacía caer algunas hojas.
A la mayoría de la gente le gustaba la primavera, pero Ariana prefería el otoño. Después de desayunar, se dirigió al jardín con paso lento. Una sensación de tranquilidad la envolvió mientras se acomodaba en una silla reclinable, con un buen libro en la mano, mientras un sirviente le preparaba té.
Desafortunadamente, su buen humor no duró mucho. Vio a Yasmine y a Victoria Laurent acercarse, tomadas del brazo y conversando animadamente.
—Ariana, escuché que te torciste el tobillo, así que vine a visitarte con Yasmine. Dejé el regalo que trajimos con el ama de llaves.
Victoria no esperó respuesta antes de sentarse y servirse dos tazas de té: una para ella y otra para Yasmine.
Ariana simplemente permaneció recostada, sin molestarse en incorporarse.
—Gracias a ambas.
Yasmine, con su habitual arrogancia, se burló:
—Ya estás bastante inútil, pero mi hermano aún no está dispuesto a quedarse en casa para cuidarte. ¡Qué despiadado!
No le importaba por qué Victoria había decidido venir ese día; lo único que quería era burlarse de Ariana. Deseaba vengarse por la humillación de la otra noche.
Ahora que estaba lesionada, pensaba que Ariana no podría hacer nada para defenderse.
Victoria intervino con una sonrisa aparentemente inocente:
—No deberías hablar así de tu hermano. Si no me equivoco, este té está hecho con las hojas que le regalé el año pasado. No puedo creer que aún las conserve… es tan sentimental…
Después de decir eso, sus mejillas se sonrojaron como si estuviera avergonzada.
Yasmine continuó, exagerando el tono:
—Claro, ¿cómo podría olvidarlo? Mi hermano es frío con todo el mundo porque guarda todo su afecto para ti, Victoria. De verdad eres la mujer más afortunada del mundo.
Yasmine siempre había pensado que era la más desafortunada de los cinco hijos de la familia Blackwood por no ser hija biológica.
Ahora se daba cuenta de que, en realidad, su hermano era el más desafortunado.
Victoria Laurent era la hija mayor de Laurent Enterprise: hermosa y gentil. No solo su talento y modales eran impecables, sino que además contaba con el afecto de Damian. Parecían una pareja hecha en el cielo.
Desafortunadamente, su padre quiso jugar a ser Cupido y no solo separó a una pareja tan compatible, sino que también obligó a su hermano a casarse con una ruda chica de campo.
¡Qué absurdo!
Victoria se frotó suavemente los dedos mientras esbozaba una sonrisa amarga.
—No tengo suerte. La persona a la que amo… y que me ama… se ha casado con otra. Sinceramente, es una sensación terrible.
Excepto por la parte en la que decía que él también la amaba, todo lo demás era cierto.
Desde que Damian y Ariana se casaron, Victoria no había podido dormir bien. Cada noche despertaba llena de resentimiento.
Era, sin duda, una de las mujeres más destacadas del país; la más digna del amor de Damian, la que más merecía convertirse en la señora Blackwood.
Pero ¿por qué él no la amaba en absoluto?
Nunca había logrado casarse con alguien de la familia Blackwood.
Y todo era por culpa de Ariana Valmont. Si no fuera por ella, con su posición y antecedentes, sin duda habría ocupado ese lugar.
Incluso si Damian no la amaba, le habría bastado con verlo cada día y ser la señora Blackwood admirada por todos.
Se negaba a aceptar esa derrota. Algún día recuperaría todo lo que le pertenecía.
—No estés triste, Victoria. Todo el mundo sabe que tú eres a quien ama mi hermano, no como cierta campesina descarada. Si tuviera un poco de dignidad, ya se habría ido por su cuenta.
Yasmine miró a Ariana con provocación, sin el menor temor ahora que estaba herida.