Mía Valentina Belmont Cerré la puerta de la habitación del hotel y el sonido del pestillo encajando fue el detonante. Me apoyé contra la madera, sintiendo cómo mis piernas cedían hasta que terminé sentada en el suelo, con el vestido crema arrugado y el alma hecha jirones. Las lágrimas, que habían estado luchando por salir desde que vi a esa mujer en el comedor, brotaron con una violencia que me sacudió entera. Lloré por la humillación, por la traición y por mi propia estupidez. Estaba tan confundida que sentía que el suelo bajo mis pies se inclinaba. Nada tenía sentido. ¿Por qué me estaba pasando esto? Todo se sentía fuera de mi control, como si fuera una marioneta en una obra de teatro escrita por sádicos. Primero Andrés, con su debilidad y su traición barata con mi mejor amiga y

