Mía Valentina Belmont El agua helada resbalaba por mis muñecas, pero no lograba apagar el incendio que sentía bajo la piel. Me apoyé en el lavamanos del baño de visitas, cerrando los ojos con fuerza mientras intentaba que el mundo dejara de dar vueltas. El silencio de la estancia era absoluto, una burbuja de falsa paz en medio del caos que era mi vida desde hacía apenas cuarenta y ocho horas. Me miré al espejo y sentí una punzada de autodesprecio. Era la tercera vez la tercera vez que me veía obligada a encerrarme en un baño para lavarme el rastro de un Belinsky. Primero fue en aquel hotel, luego el roce en la gala, y ahora, en mi propia casa, bajo el mismo techo donde mi familia desayunaba tranquilamente. «¿En qué te has convertido, Mía?», me pregunté en un susurro mudo. Había emp

