Mía Belmont El agua fría golpeando mi rostro no lograba apagar el incendio que se propagaba por mi pecho. Me apoyé en el borde del lavabo, con el estómago aún revuelto y los oídos zumbando. Afuera, en el pasillo, el silencio que siguió a la pregunta de mi padre fue roto por una voz que me hizo querer arrancarme la piel —Es muy probable que sí, señor Belmont —la voz de Andrés goteaba una satisfacción falsa y pegajosa—. Habíamos estado intentándolo antes de que todo se complicara. Si Mía está así... si tiene esos síntomas, no cabe duda de que es mío. Sentí una oleada de bilis subir por mi garganta, pero esta vez no era física, era puro asco moral. Me erguí, limpiándome la boca con un movimiento brusco y fulminando mi reflejo en el espejo. Mis ojos brillaban con una furia que nunca an

