Mía Valentina Belmont El restaurante era una oda al minimalismo y a la opulencia silenciosa. Ubicado en el piso cuarenta de una torre de cristal que no necesitaba nombre para ser reconocida, el lugar respiraba un aire de exclusividad que me resultaba familiar y, a la vez, asfixiante. Aleksandr caminaba a mi lado con una seguridad que hacía que las puertas se abrieran antes de que él siquiera llegara a ellas. No era solo su apellido; era la energía que emanaba, una mezcla de autoridad heredada y peligro cultivado. Nos sentaron en una mesa apartada, con la ciudad extendiéndose a nuestros pies como un mapa de luces y sombras. Yo intentaba mantener mi máscara profesional, pero la humedad que aún sentía entre mis piernas y el latido rítmico en mi vientre me recordaban que la mujer de negoci

