Mía Belmont Han pasado diez días. Diez días que se han sentido como una eternidad fragmentada, un desierto de silencio absoluto que he cruzado con la frente en alto y el corazón blindado. En la sede Belmont, todos se han acostumbrado a mi nueva faceta: la "Dama de Hierro". No llego tarde, no tomo descansos largos y mis órdenes son tan afiladas que nadie se atreve a cuestionarlas dos veces. He canalizado cada gramo de mi frustración, cada duda sobre Isabella y cada pizca de rabia hacia Aleksandr en el proyecto. Lo cierto es que ya no siento que me sigan. Aquella paranoia del supermercado parece haber sido una alucinación de mi mente agotada, o quizás el resultado de la tensión de estar con un hombre como él. Ahora, la calle se siente vacía, el edificio de mi padre se siente seguro y m

