Narra Belén Treinta minutos después, me senté a la mesa del comedor de Maximiliano con un plato de pasta caliente delante. Moví las piernas bajo el asiento y di otro bocado a una de las mejores comidas que había probado en mi vida. —No sabía que podías cocinar— tarareé. —¿Te gusta? Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios y me encogí de hombros con indiferencia. —No pasa nada —dije, porque ese hombre tenía un ego enorme y yo estaba intentando que volviera a la realidad. Tras poner los ojos en blanco, dejó el tenedor en el plato y se limpió la boca con una servilleta. "¿Vas a decirme por qué llorabas?" —Acabo de tener un mal día. —¿Qué pasó? Solté un suspiro. No iba a dejarlo pasar, ¿verdad? —Vas a pensar que es una tontería —murmuré, moviendo los espaguetis en el plato antes

