Desde que la monja me golpeó la cabeza no volvió a suceder ningún otro acto de violencia en mi contra, creí que se desharían de mí que yo era la ofrenda que le debían ofrecer a alguna divinidad malvada a la cual adoraban en su secta pero al parecer no(o al menos por el momento). Las tareas cotidianas eran las que se esperarían en cualquier convento: rezo, ayuno, silencio, lectura de la biblia, alabanzas, misas y trabajo constante en los llamados "servicios devocionales". No era una vida perfecta y creo que nisiquiera agradable pero sinceramente prefería eso a estar cerca de Grayson; al menos allí sentía que tenía un poco más de libertad y que mi palabra era escuchada aunque después de lo vivido los primeros días no terminaba de confiar en aquellas mujeres indignas. De todos modos me ag

