Capítulo 5

1405 Palabras
-Es un caso fácil-, dije llena de polvo hasta las orejas. Tiré mi maletín al sillón y me serví agua mineral. Me saqué las zapatillas y acaricié mis pies, me mataban. -La minera es poderosa-, sin embargo me aclaró Yolanda, recogiendo mi maletín y limpiándola con sus manitas. -Sí, pero hay agua contaminada, enfermando a los niños. Incluso el ambiente está contaminado-, sonreí. -Mediremos la contaminación ambiental y del agua y se sobrepasan los límites, caso resuelto-, mordió sus labios Yoli. -Exacto. Encárgate de eso. ¿Hay algo de Jimmy?-, pregunté. -Sí, sigue su búsqueda del ex obrero, me subrayó, la que llamó fue su hermana Melissa pidiéndome que no olvide de la comida de su perro Mamut- Eché a reír. -Ese perro traga como un mastodonte-, me divertí. -También llamó un señor Edgar Carrillo, dejó su número-, parpadeó Yolanda. Saqué la lengua y la pasé por mis labios. -Seguimos en racha-, mordí, entonces, mi lengüita. ***** -El señor Carrillo la espera en La Punta- Frente a mí estaba un sujeto enorme como un ropero, bien vestido, oliendo a loción carísima, importada y que me arrebataba los sentidos. Me estremecía. Tenía la mano extendida con una tarjeta y sus dedos parecían troncos de un árbol. Quedé impactada. -No recuerdo que tengamos una cita-, me disculpé. -Tengo la camioneta en la puerta-, volvió a decir el sujeto. Parecía que la palabra no, estaba borrada de su diccionario. Melissa se secaba las manos en un mantel. Habíamos desayunado juntas. -Voy a salir, Meli, cierras bien cuando te vayas-, le pedí. Ella estaba preocupada. -Ten cuidado-, me recomendó. Era una cuatro por cuatro enorme, de lunas polarizadas. Me acomodé en la parte e atrás. El grandulón se sentó al timón, prendió su celular. -Vamos para allá, señor-, dijo y partió bruscamente. Tuve que clavar mis uñas en el cuero del asiento para mantenerme firme. -¿Trabaja mucho tiempo con el señor Carrillo?-, intenté hacerle conversación al piloto. -Muchísimo tiempo-, respondió lacónico, fastidiado, sin ganas de hablar. Desanimada empecé a ver las calles, golpeando ms rodillas, estrujando la boca, sujetando mi canasta con mis cosméticos, mi libreta y mi móvil. Nos íbamos a toda prisa por La Marina. Respiré aliviada. No era un secuestro, je. Exhalé aliviada. -Deborah, la abogada devoradora-, bromeó abriendo los brazos Carrillo cuando me vio estacionar en su amplia cochera, de muchos jardines, muros altos y una piscina enorme. -Señor Carrillo, cómo está usted-, hice una venia, estirando mi sonrisita y mi mano derecha. -Ese jean le queda divino-, me dijo tomando mi mando y dándome una vuelta. Quedé estupefacta. Era un confianzudo de buenas a primeras, diferente al que había golpeado en el juzgado. -Imagino hace mucho gym para lucir tan preciosa-, siguió insinuándose con descaro. -Sigo dietas estrictas-, reí, mordiendo mis labios. Me llevó de la mano a su casa. La sala era enorme, con sillones amplios, muchos cuadros, esquineros lujosos, jarrones, adornos de todas las especies, ceniceros y alfombra. Una mujer acomodó un cooler en una la mesita de centro. -Sírvase una cervecita-, me pidió. -No bebo cerveza ¿no tendrá agua mineral?-, le pedí. Carrillo estrujó la boca. Chasqueó los dedos. De inmediato la mujer regresó con un vaso de agua. -Tienes bonitos nombres, Deborah Lizeth-, dijo cruzando las piernas, mostrando los vellos de sus pantorrillas, sus medias sobrias negras y los zapatos brillantes, grandes, posiblemente 44. -¿Cómo sabe mi segundo nombre?-, me extrañé. -Siempre investigo lo que me interesa-, dijo sin dejar de reír. -¿Yo le intereso?-, junté mis dientes. Edgar hizo brillar sus ojos. -Mucho-, dijo. Saqué la puntita de mi lengua. -¿Por qué?-, pregunté. -Eres hermosa, a quién no le interesan las mujeres hermosas-, fue otra vez atrevido. No sabía qué hacer. Mi corazón tamborileaba en el pecho, movía el tobillo de la pierna que tenía cruzada y lo miraba fijamente a los ojos. Sentía que estaba azorada y tamborileaba los dedos en mi rodilla. -Su esposa se molestará mucho si sabe que me está coqueteando-, pasé al ataque. -Estoy divorciado-, me anunció. Ya iba bebiendo dos latas de cerveza y había abierto una tercera. Desabotonó su camisa y mostró sus vellos. Volví a morder la punta de mi lengua. -¿Qué pasó con Richard?-, me preguntó. Wow. Richard había sido mi enamorado hace algunos años. Nos llevábamos bien pero una mujer, Gina, se cruzó en nuestro camino y ella me ganó la partida. Lo sedujo y lo enamoró. Cuando él me terminó, lo hizo en forma hiriente. -Me aburres mucho, Deborah, eres tediosa, cansada, mejor terminamos-, fue lo que me dijo. Lloré muchas noches, dolida, porque estaba muy enamorada de Richard. Nuestro romance había sido muy lindo, me sentía en las nubes entre sus brazos y disfrutaba de sus besos con embeleso y desenfreno. Fabriqué mucha ilusiones a su lado, incluso formar una familia, cuando de repente, en un abrir y cerrar de ojos, todo se derrumbó en torno nuestro. -No me dejes-, le supliqué a Richard sin poder contener mi llanto. -Mejor búscate otro hombre, alguien que cumpla tu caprichos. Yo tengo ahora a Gina. Es mejor que tú-, me castigó con dureza. Tardé mucho tiempo en recuperarme. Ahora, Carrillo revolvía esa herida que pensaba ya cicatrizada en mi corazón. -Nuestra relación no funcionó-, le aclaré estrujando mi boca. -Es un idiota, yo jamás la dejaría, Deborah-, me dio aliento. -¿Cómo sabe de Richard?-, me extrañé. -Ya le dije, averiguo todo cuando algo me interesa-, volvió a reír. Prendió un cigarrillo y me echó el humo a la cara. Estaba decidida a marcharme, pero algo me detenía. No sé. Lo miraba así, desafiante, la camisa desabotonada, fumando y bebiendo a la vez y me encadenaba a él. Me atraía. Me estremecía. Me hacía sentir dominada y esa sensación me gustaba. -Vamos a nadar la piscina-, me ordenó, poniéndose de pie. -No he traído bikini-, le respondí, moviendo más alterada mi tobillo. -En el vestidor hay tangas de todos los tamaños-, me informó tomando mi mano y alzándome de un tirón. -No, no gracias-, limpié mis manos sudorosas en mis caderas. -Le he dicho, Deborah, que vamos a nadar-, volvió a ordenarme, esta vez en forma despectiva, siguiendo de largo, abriendo la puerta y saliendo balanceándose como un barco , muy varonil. Quedé boquiabierta, sin reacción. La mujer me volvió a la realidad. -Por aquí por favor-, me pidió. Cada tanga era más pequeña que otra. Todas de estreno, en cajas flamantes, de tiendas de mucho prestigio. Las prendas valían una fortuna. Elegí una atigrada, pero las pitas sostenían con las justas mis senos. Era demasiado audaz, igual fui a la piscina. Carrillo quedó boquiabierto cuando me vio en la microscópica tanga. Yo me paseaba oronda delante de él, meneando las caderas, riéndome y agitando mis pelos como una reina amazona. -Mamma mía-, dijo él recreándose con mis senos queriendo salirse de la tela, mi ombligo con un sugestivo piercing, mis caderas amplias y mis piernas torneadas, lozanas, suavecitas que emergían largas y divinas hasta la punta de mis pies. -Eres muy hermosa-, insistió parpadeando. Tiré la toalla a una perezosa, me saqué las chancletas y seguí riendo. -¿No nos íbamos a meter a la piscina?-, le pregunté y me lancé, igual a una sirena en sus cristalinas aguas, hundiéndome como una gaviota hasta casi rozar las mayólicas y volver a salir a flote, esplendorosa, feliz, chapoteando mágica y encantada. Edgar se lanzó también al agua en un clavado perfecto y nadó hasta muy cerca de mí. Salió del agua y vi su rostro cautivante, majestuoso, imponente, mirándome hipnótico y varonil. -Nadas muy bien-, dijo y sentí sus manos, en mis caderas, tomándome en forma descarada. -Desde niña-, eché a reír, cuando ¡ups! sus manos tomaron mis nalgas. Me encantó eso, no lo voy a negar, pero debía molestarme y mostrarme enfadada. -¿Acaso eres un pulpo?-, le reclamé furiosa, arrugando mis cejas. -No pude contenerme a la tentación-, susurró. Creo que la piscina empezó a hervir por mi mi febrilidad. El fuego comenzaba a chisporrotear en todos mis poros. Me fui nadando hacia la escalera y salí moviendo las caderas. Al volverme lo vi flotado en el agua muy empalagado, absorto, ensimismado, boquiabierto admirando mis caderas. -Tengo que irme-, le dije. Me sequé con la toalla y me fui al vestidor. -¡¡¡La tanga es tuya!!!-, dijo él, riéndose.
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