Luiggi me esperaba con una larga sonrisa y sus ojos brillantes, igual a luceros, visiblemente enamorado. Yo le di un besote en los labios y le acaricié las manos. Él se sintió dichoso, me jaló la silla y acomodó mi cartera en el respaldar. Ya había pedido ceviche, sopa de choros y de segundo escabeche. Le encantaba la comida marina. A mí no mucho, pero me encandilaba verlo sonreír feliz, sintiéndose mi dueño.
A Luiggi lo conocí en un concierto. Había ido con una amiga y me puse a brincar en las tribunas, contagiada de la música, y él se disgustó mucho.
-¡Señorita! ¡Se va a caer la tribuna!-, protestó. Él estaba acompañado de una mujer.
Yo me molesté porque no era la única que estaba saltando como coneja en las graderías. Casi todos lo hacían.
-¡Entonces no hubiera venido, caramba!-, le dije furiosa.
Luiggi se sulfuró pero no respondió. Se puso rojo como un camarón hervido y yo seguí saltando, brincando, chillando, cantando, jalándome los pelos, aullando, cada vez más fuerte, solo para enojarlo a él.
Al terminar el concierto, después que mi amiga abordó un taxi a su casa y yo me disponía a hacer lo mismo vi a Luiggi, recostado a su auto , cabizbajo, gimoteando, absorbido por el desaliento. Me dio pena.
-Sorry, le dije, ¿le ocurre algo?-
Él levantó la mirada mojada en lágrimas. -Mi novia me terminó-, me dijo sollozando, sumido en el llanto.
-Oh, acaricié su brazo, es una pena, lo siento mucho-
-Veníamos mal, pensé que le gustaría el concierto, que haríamos las paces, que volvería a juntarnos, pero, ya ve, me dijo que lo nuestro no iba más, que somos diferentes, ya no quiere verme-, me confesó.
Sentí gran lástima por él. Luiggi era lindo, agradable, alto, buenmozo, con una amplia espalda y manos grandes. Apreté los dientes viéndolo de pies a cabeza. -Mujer zonza, dejar a este churro-, me dije. Me conmovía, además, su tristeza, su llanto y verle los ojitos mojados en lágrimas.
No soy de fierro. Luiggi me puso muy sensible, demasiado, diría yo, y una hora más tarde estaba desnuda en sus brazos, gimiendo y suspirando como loca, mientras él besaba mi cuello, acariciaba mis curvas y me apretaba contra la pared con vehemencia.
Era un toro impetuoso. Sus manos iban y venían por mis carreteras, por mis muslos, acariciaba mis caderas con desenfreno y encendía mis llamas como una inmensa antorcha, Sentía el fuego chisporroteando por mis poros y no dejaba de suspirar febril mientras lamía mis pezones y estrujaba mi piel sin detenerse. Yo trataba de apartarlo, porque me asfixiaba, pero no me dejaba. Se apretaba más y más sobre mí y yo gozaba con su piel dura, áspera, su cuerpo macizo, igual a un roble, y sentía su virilidad haciéndose enorme, de fierro, desatando mis deseos de ser poseída, sometida a su poder. Quería ser completamente dominada por él.
Luiggi me lanzó a la cama y quedé desparramada en las almohadas. Él se quitó la ropa y , guau, emergió un pecho enorme, igual a un bisonte, lleno de vellos que me hizo parpadear sumida en el delirio de ver desnudo a tremendo hombre, enorme como un edificio, de bíceps parecidos a un cerro, y sus muslos idénticos a grúas. Me aplastó sobre el colchón sin compasión y comenzó a morder mis brazos y pechos con desesperación y desenfreno.
Intenté aferrarme a su espalda con mis uñas, presa de la emoción, pero no podía. Yo estaba obnubilada, sometida a él, vencida por su desenfreno. Estaba hipnotizada a sus carnes poderosas. Traté de morder sus brazos, golpear su cintura con mis rodillas, incluso clavé mis uñas en su espalda, abriéndole surcos, pero él seguía sometiéndome sin parar, avanzando en mis campos y valles, igual a un caudaloso torrente, desbordándose en toda mi geografía.
Quedé vencida, sometida a Luiggi. Dejé caer mis brazos y cerré los ojos, disfrutando de ese mágico momento que él invadía mis entrañas, igual a un tórrido y candente caudal, llegando hasta mis abismos más lejanos, a mis profundidades más remotas, avanzando por todos mis límites. Yo sentía su poder invadiendo mis profundas entrañas y me encantaba ese dolor tan placentero. Le pedía que lo hiciera más y más fuerte, que no tuviera compasión conmigo.
-¡Fuerte! ¡Fuerte! ¡Fuerte!-, gritaba, jalándome los pelos, mientras él martillaba mis entrañas, una y otra vez, igual a un taladro que no tenía descanso y me dejaba sin aliento, con la boca descolgada, respirando acelerada y mi cuerpo entero convertido en una tea echando llamas por todos lados.
Quedé hecha una piltrafa, sin resistencia sobre la cama, con mis pelos desparramados en la almohada, sin aliento, exhalando sexo, parpadeando con dificultad, con mi corazón bombeando de prisa y mis pezones endurecidos como rocas. Luiggi siguió conquistando todos los pedacitos de mi cuerpo, masajeando con insistencia mis senos y caderas, convenciéndose de sus exquisitas redondeces.
Lamió toda mi piel, no dejó centímetro alguno sin la rúbrica de su boca. Conquistó mis acantilados más preciados y se embriagó con mis cascadas, quedó borracho de mi deífico sabor y se entretuvo lamiendo, con mucho afán mi ombligo, uno de mis puntos más débiles.
Al fin se cansó, quedó recostado sobre mis pechos, con sus brazotes sobre mí, dejándome sin espacio, incluso para poder respirar. Su espalda tan maciza me aplastaba sobre la cama. Comprobé, además, la firmeza de sus músculos y eso volvió a encender mis llamas. Resurgí entre las cenizas, impetuosa, acariciando sus vellos, sus brazos, sus bíceps. Lamí sus vellos hasta quedar completamente borracha de ese hombre.
Así empezó todo con él. Nos convertimos en amantes, aunque Luiggi no olvidaba a su ex. La amaba demasiado.
-¿Irás conmigo a Aucayacu este fin de semana?-, me preguntó Luiggi mientras sorbía la sopa, con afán.
-No, le dije, tengo mucho trabajo-
-Podríamos pasarla muy bien, anímate-, insistió mirando mis pechos.
Esa mirada me enardecía. Sentí mis fuegos emanciparse en mi blusa y empecé a golpear las rodillas impetuosa.
-En serio, tengo qué hacer-, dije azorada. Mis mejillas se pintaron de rojo. Empecé a imaginar lo que haríamos en medio de la selva. Crucé las piernas y apreté los dientes.
-Tú te la pierdes-, echó a reír. Él sabía que mi cuerpo se había vuelto fuego y las llamas brotaban en mis ojos. Estiró sus brazos para que le vea los vellos del pecho y esta vez mordí mis labios.
-Ay, suspiré sensual, sí que me voy a arrepentir-
*****
Mi secretaria me esperaba con un file, una taza de café y un paquete de galletas de soda. -Llamó Jimmy, dice que Ambrosio tenía muchas discrepancias con los otros accionistas-, me informó.
Dejé mi maletín, me saqué mis zapatos con taco y dejé mi saco en el sillón, me arranché el colet y me desparramé en el sofá cansada y agotada.
-Ay, Yoli, le dije a mi secretaria, estoy muerta en vida, tengo mi cabeza invadida por los indios watusi-
Yolanda sabía que me refería a Luiggi y Johan.
-Si un solo hombre es todo un problema, ya me imagino dos hombres-, echó a reír ella.
Sonreí contagiada de sus risotadas. -Ay, mujer, los hombres siempre nos ponen el mundo de cabeza-, reflexioné, sobando mis sienes.
-Son un mal necesario-, dijo mi secretaria acomodando el café y las galletas.
-Llamó un señor Petrozzi, desea contratar tus servicios, Deborah, dice que es sobre agua contaminada-
Sorbí el cafecito. Hummm, estaba sabroso.
-¿Agua contaminada?-, arrugué mi naricita.
-Sí, una empresa minera ha contaminado el agua a una comunidad en Canta-, subrayó ella.
-Wow, eso es en la sierra de Lima-, adiviné.
-Hay muchos enfermos, me dijo-, se sirvió ella una de las galletas de soda.
-¿Ha hecho la denuncia a las autoridades?-, pregunté.
-Sí, pero las investigaciones están entorpecidas. Hay mucho dinero en juego, afirma Petrozzi-, me aclaró.
Mordí una galleta con encanto. Me gustan mucho las de soda.
-¿Por qué yo?-, me interesé.
-Me dijo que había leído del juicio a Miranda, el que se envenenó con la bebida y que le costó a la embotelladora internacional millones de dólares en indemnizaciones-
Moví mi cabeza. -Muy parecido-, dije cruzando las piernas. Luego seguí disfrutando del café y las galletas, con mis pies haciendo bum bum bum, después de haber estado todo el día caminando con mis enormes tacones.