El bosque entero respiraba magia. Entre las copas de los árboles se extendían luces doradas como hilos de fuego, mientras en las raíces danzaban sombras plateadas que parecían vivas. Una vez al año, durante el equinoccio, la Corte del Día y la Corte de la Noche se reunían en territorio neutral. No era un gesto de paz, sino una tregua solemne, un ritual antiguo que aseguraba el equilibrio del mundo.
Los hados menores colgaban faroles de cristal entre las ramas, y el aire se llenaba de música: flautas hechas de hueso, tambores tallados en corteza sagrada, campanas que vibraban sin manos que las tocaran. El cielo se teñía a la vez de oro y azul profundo, como si el día y la noche pelearan por reinar en ese instante eterno.
Serenya caminaba entre los invitados, con el porte orgulloso de las guerreras del Día. Su vestido, tejido con hilos de sol, brillaba con cada paso; sus alas ardían en tonos anaranjados y rojos, como brasas vivas. Sin embargo, bajo su semblante altivo, no podía evitar sentir un escalofrío: la Corte de la Noche estaba allí, susurrando entre las sombras, con miradas que parecían cuchillos.
Fue entonces cuando lo vio.
Al otro lado de la pista de baile, un hada de aura oscura la observaba con atención. Alto, de cabellos como obsidiana y ojos de un gris profundo que brillaban como tormenta contenida. No llevaba insignia alguna que revelara su rango, pero cada movimiento suyo desprendía poder, una elegancia peligrosa que parecía atraerla como imán.
Sus miradas se cruzaron. El mundo, por un segundo, quedó en silencio.
Serenya sintió cómo su pecho se apretaba, como si hubiera bebido demasiado rápido un vino encantado. Era un desconocido, pero en sus ojos había un eco que parecía llamarla por su nombre, un fuego extraño que reconocía su propio fuego.
Él, sin apartar la vista, comenzó a moverse entre la multitud. Sus pasos eran lentos, seguros, hasta detenerse a apenas unos metros de ella.
—¿Bailarías? —preguntó con voz grave, como un murmullo que rozaba su piel.
Serenya dudó. No debía aceptar. Nadie de su corte debía acercarse tanto a alguien de la Noche, aunque en ese instante aún no supiera quién era él. Pero la música subió, y antes de darse cuenta, su mano ya estaba entrelazada con la suya.
Cuando sus cuerpos se acercaron en la danza, las chispas fueron más que figuradas. La magia del aire crepitó alrededor de ellos, como si el propio bosque se diera cuenta de lo que estaba sucediendo. Sus alas rozaron apenas, y ese contacto fue un incendio.
—Tus ojos… —murmuró ella sin pensarlo.
Él sonrió, con esa sonrisa peligrosa que oculta secretos.
—Y los tuyos, sol ardiente —respondió, sin revelar más.
Giraron, se perdieron en la música, olvidando por un instante los emblemas de sus cortes, olvidando que lo que nacía en ese baile estaba prohibido. Cuando la melodía terminó, aún permanecían cerca, demasiado cerca, respirando el mismo aire como si no existiera nadie más.
Y aunque aún no sabían quiénes eran, ambos comprendieron lo esencial: había algo allí, algo que no debía existir, pero que ya los había marcado