Nate me invitó a un restaurante que se veía muy lujoso. Me puse un vestido rojo corto y dejé mi cabello suelto, maquillándome solo un poquito. Cuando me vio, me sonrió. —¿Te gusta? —preguntó, admirando el lugar. —Sí, está muy lindo, Nate —dije, mirando alrededor, impresionada. —Lo único lindo eres tú —dijo, acariciando mi cabello—. Eres perfecta, nena. Reí fuerte—. ¿Nena? Justo en ese momento, el celular de Nate comenzó a sonar. Miró la pantalla y luego cortó la llamada. —Contesta, puede ser algo importante —le sugerí. —No, preciosa, ¿en qué estábamos? —preguntó, volviendo su atención a mí. —En que soy perfecta —reí, recordándole. —Eres rara, Aisa. Te doy un regalo y te enojas, te alago y te enojas. —Soy algo complicada —admití. —Eso me encanta. Lo fácil me aburre. ¿Quieres cono

