Veinte minutos después asomó la cabeza por la puerta. Había querido tardar lo suficiente para que los chicos se organizaran y así no tener tantos ojos puestos en ella, pero no sabía si era suficiente o no. El problema eran las protestas de su estómago, que no la dejaban en paz; al final claudicó en favor de éste para salir y comer algo, lo que fuera, a poder ser, libre de esos tormentos que tenía como compañeros de piso. Miró a ambos lados y suspiró aliviada al no verlos ni escuchar sus voces. Quizá se habían ido a seguir durmiendo, o habían salido; hoy era día de compras para reabastecerse. O a lo mejor... —Hola, diosa, ya pensábamos que no íbamos a verte... —susurró meloso Owen acariciándole con tanta suavidad el brazo que se le erizó todo el vello antes de que se cerniera sobre ella,

