Ex contempló la tarjeta de visita, tendida con inocencia, o eso esperaba, ante ella. Acercó su mano y la cogió, agradeciendo tener algo a lo que mirar que fuera diferente al tío que tenía ante sí, tan musculoso, tan caliente y tan arrebatador. No le extrañaba que las mujeres hicieran cola para entrar.
—DJ me ha dicho que estás libre —comentó Jerôme.
—Tengo barra esta noche. Los demás se encargan de la diversión. ¿Te apunto con alguien?
Jerôme hizo un ruidito extraño y se le echó, literalmente, encima, dejándole caer todo su peso.
—Apúntame contigo, soy capaz de pasarme detrás del mostrador toda la noche si estoy a tu lado — respondió—. Y si es agachado delante de ti con cierta parte en mi boca...
Ex quedó boquiabierta mientras el calor inundaba todo su cuerpo. Mira qué bien, ya no tenía frío, ahora estaba sofocada.
—Jery, contrólate, cariño. —Ithan trató de librarse de los más de noventa kilos de peso que seguro pesaba Jerôme—. Además, ya sabes la política con las nuevas, ¿recuerdas?
Jerôme miró a Ex por primera vez con algo de celos y odio, un sentimiento encubierto velozmente en sus ojos.
—Lo había olvidado. Dime al menos que podré estar contigo un ratito, por favor... —Alargó la última palabra y se acercó a él para lamerle el lóbulo de la oreja.
—Vale, vale, lo que quieras.
—¡Ja! —exclamó apartándose—. ¡Lo has dicho! ¡Lo que quiera!
—¡Jery! —gritó al verlo salir corriendo hacia el club chillando incoherencias que entrelazaban su nombre y el de Ithan con sustantivos demasiado obscenos para repetirlos. Éste agachó derrotado la cabeza suspirando con resignación—. Debí medir las palabras —susurró.
Levantó la cabeza para fijar su mirada en Ex, aún pendiente de los gritos, saltos y demás movimientos estrambóticos de Jerôme. ¿Cómo podía un hombre de su envergadura hacer esa clase de aspavientos, como si fuera de goma? Las mujeres a su alrededor parecían felices riendo y compartiendo sus charlas.
—Gatita —la llamó Ithan de una forma tan suave que casi fue una caricia.
Cerró los ojos deleitándose en su sonido a pesar de la música que se oía muy fuerte en la sala. Sin poder remediarlo, ronroneó ante ese apodo. Claro que después enrojeció al darse cuenta. Miró hacia él para saber si la había escuchado, y su sonrisa fácil le dio la respuesta. Apartó los ojos queriendo que la tierra se la tragara. Por Dios, una sola palabra y ronroneaba; si la tocaba...
La tierra la estaba engullendo, seguro, era eso o morir de combustión espontánea en ese momento, cuando la mano de Ithan le rozó con suavidad, sólo con las yemas, el dorso de la mano, los dedos de él separando los suyos para hacerse un espacio. Curvó sus dedos instándola a hacer lo mismo, encerrándola en su propia mano.
—Estás helada. ¿Quieres beber algo para entrar en calor?
Negó con rapidez. Era lo último que le faltaba, beber y emborracharse con algo teniendo a semejante semental a su lado. El alcohol no era un buen amigo para ella: podía hacer cualquier cosa con dos copas de más, incluido subirse a horcajadas de un desconocido como él y...
—Humm... Ahora parece que tienes calor.
Debía alejarse de él. De inmediato.
Se deshizo de su mano esperando no hacerle un desaire, apartándose un par de pasos. Mejor mantener las distancias. Claro que no esperaba encontrarse con algo a su espalda: un brazo con una cazadora de cuero se enrolló en su cuerpo mientras otro, en este caso con una chaqueta de lino oscura, la abrazó desde el otro lado. ¿Podía una chaqueta ser tan diferente según la extremidad?
—¿Quién es esta nueva diosa, Ithan? —murmuró una voz en su oído derecho dejando que el aire de las palabras al salir le rozara el oído.
—¿Gozaremos del privilegio de tenerla? —preguntó otro a su izquierda, más cerca aún de su oído, tanto que los labios la rozaron conforme se movían . Sentía todo el cuerpo tenso por el estremecimiento que le acababan de provocar.
—Euen, Owen, vale —regañó Ithan.
Dos nombres, vale, eso ya daba para pensar en ellos como dos personas diferentes. Ahora tenía miedo de darse la vuelta y verlos porque, si en la espalda había notado la musculatura de sus torsos, o al menos parte, el resto del cuerpo estaría en equilibrio, lo que quería decir... La mente de Ex empezó a imaginar la clase de hombres que habría en ese club. ¿Cuántos más quedarían por aparecer? ¿Y por qué no había locales de ésos en su ciudad, a ver?
—¿Qué? Tú has tenido tu tiempo, ahora nos toca a nosotros, ¿verdad, diosa? ¿Te vienes con nosotros? —replicó el de la derecha.
Aún no tenía fuerzas para mover la cabeza y mirarlo. ¿Y si era tan guapo como Ithan y se le caía la baba delante de él? O peor aún, se convertía en un charquito de agua. Sí, ya empezaba a notar que le faltaba líquido en el cuerpo.
—Además, hoy hay pocas mujeres a nuestra disposición, así que podemos darle una atención personal y exclusiva —añadió el de la izquierda. Ahora agradecía los dos brazos, porque las rodillas no parecían sostenerla.
—Dejaos de tonterías. Me toca barra, es tarea mía ocuparme de las nuevas —protestó Ithan agarrándola del brazo para tirar.
Los otros cerraron sus brazos en torno a ella. Ex ya no sabía dónde mirar. ¿Desde cuándo se peleaban tres tipos por ella? Ay, Dios, se había muerto y no estaba enterada... Pero la cosa es que el cuerpo le dolía, tanto el vientre, por la presión de los otros, como el agarre del brazo, y qué decir de ese irritante dolor entre las piernas.
El pelo de la nuca se le erizó sin entender el motivo, sólo sabía que el ambiente se había espesado y notaba una sensación cada vez más y más ardiente en su cuerpo. Alguien la estaba mirando y, a pesar de no saber quién era, sentía la caricia de esos ojos en todas partes.
—Soltadla de una vez, vamos —gruñó Ithan. Se volvió hacia la derecha y sonrió a alguien—. Uriel, diles algo.
Ex se volvió hacia el lugar donde había mirado Ithan y su cerebro se olvidó de mandar la orden de respirar o latir el corazón. Esos ojos... No podía apartar los suyos de él, un depredador en busca de su presa. Tenía miedo de parpadear por si ese hombre desaparecía, o peor, se le echaba encima; si eso ocurría, no encontraría las fuerzas para resistirse a tan poderosa mirada.
Era delgado aunque musculoso, vestido sólo con unos pantalones blancos y una chaqueta del mismo color, su torso oculto únicamente en aquellas zonas que cubría la tela. Ni siquiera llevaba zapatos, los pies desnudos con el frío que hacía. Ex subió la mirada por su cuerpo deleitándose en la forma de sus caderas, en el musculoso pecho, los amplios hombros, el pelo castaño cayendo por los hombros en una cascada y los ojos... Podía verlos en su mente, sentirlos dentro del cuerpo como si buscara algo.
Uriel dio un paso adelante y Ex tuvo que reprimir un jadeo. Encerrada como estaba en los brazos de dos hombres, y con uno más delante, no podía moverse mucho, pero aun así lo siguió con los ojos. Tenía resecos los labios entreabiertos buscando aire y Uriel no apartaba la mirada, de modo que no le daba un respiro para calmar ese calor amenazante.
Oyó, como si estuvieran a miles de kilómetros, los gritos de las mujeres al darse cuenta de su presencia, todas arremolinándose alrededor de Uriel pero sin llegar a tocarlo. Éste caminó hacia uno de los sofás del local, al lado de una pared con cristales. Levantó una pierna y la puso directamente sobre los muslos de una de las mujeres, y el resto de su cuerpo se amoldó al sofá, para acabar tumbado con la cabeza entre las piernas de otra mujer, cubriéndola con su pelo. Su mano derecha descansó sobre el hombro de otra, arrodillada al lado del sofá. Y en todo ese tiempo, sus ojos sólo la observaban a ella.
Ex vio que abría la boca y se humedecía los labios con la lengua, provocándole pequeñas descargas en su propia boca, en sus pechos, que querían ser los primeros en probar ese manjar tan seductor postrado sobre el sofá como si de un rey se tratara.
—Vete a casa —dijo Uriel.
Las palabras fueron como un cuchillo clavándose directamente sobre su corazón. Tres simples palabras, sólo tres y la había hecho sentir la mujer más desgraciada y rechazada. ¿Qué le pasaba a ese tipo?
—¡Uriel, no seas antipático! —gritó uno de los hombres a su espalda—. Déjala en paz.
Uriel apartó la mirada por primera vez centrándose en las mujeres que lo rodeaban, tomando una uva de una, de otra un sorbo de su copa.
—No le hagas caso, diosa, tú te quedas con nosotros, ¿verdad? —dijo el otro hombre. Por primera vez Ex levantó el cuello para mirar hacia atrás, perdiendo de nuevo el aliento en el proceso. O era el paraíso o había llegado a la tierra prometida.
Ambos hombres eran idénticos aunque tenían algunos rasgos que los individualizaban; eran apenas perceptibles pero, al estar tan cerca de ella, podía recrearse en esa vista. Y qué vista... Sus torsos eran casi el doble que el de ella y, encerrada como estaba entre los dos, parecía encontrarse más en una cárcel de músculo que otra cosa. Ni la chaqueta de cuero ni la del traje podían esconderlos.
Los ojos marrones no dejaban duda de su aura traviesa y divertida, como tampoco el hecho de que estuvieran acercándose más discretamente, frotándose contra sus caderas. Notó las manos férreas de alguien despegándole los pies del suelo y chilló. Se aferró a lo primero que se le puso delante. La vibración de un gemido le hizo alzar la cabeza: Ithan.
—Gatita, ¿te enseño esto?
—¡No es justo, Ithan! ¡Estaba con nosotros! —protestó el de la derecha.
—Oh, cállate, Owen. —Bueno, ya sabía quién era el que llevaba un traje, perfectamente vestido para una cita oficial.
—¡Soy Euen! —exclamó frunciendo el ceño y cruzando los brazos.
Ex no pudo evitar echarse a reír. ¿Los confundían incluso llevando trajes diferentes? Los tres la miraron, primero con sorpresa, después imitando su sonrisa.
—Perdón —se disculpó.
—No pasa nada. Se suponía que Owen llevaría ese traje —acusó Ithan.
—A mí me queda mejor —replicó Euen alisándose el traje.
—Y yo tenía ganas de ser salvaje —añadió el verdadero Owen. Si llevaran la misma ropa sin duda sería difícil distinguirlos.
—No importa. Tenéis mujeres que atender —contestó Ithan señalando con la cabeza. Ambos se volvieron para ver a varias chicas detrás esperándolos.
—No te vayas muy lejos, diosa. La noche acaba de empezar —le dijo Owen antes de coger a la primera de las féminas y echársela sobre los hombros sin importarle el grito de ésta. Posó su mano sobre las nalgas acariciando con posesividad el trasero mientras la mujer se deleitaba con el de él.
—Guárdanos un sitio —agregó Euen agarrando a otra, cogiéndola en brazos como todo un caballero, los dos alejándose hacia una parte más profunda del local seguidos de un pequeño séquito femenino. Ex vio que se sentaban y las mujeres los rodeaban, tocando, unas veces discreta, otras directamente, partes íntimas de su cuerpo. No parecía importarles.
¿La dejarían tocar a ella? Negó con la cabeza intentando deshacerse de esos pensamientos. Primero Ithan, luego Uriel, y ahora Euen y Owen. ¿Qué iba mal con ella? Y a todo esto... el suelo seguía sin notarse bajo sus pies. Miró hacia sus manos apoyadas en los hombros y recordó quién la tenía en brazos.
—Ithan, por favor, bájame.
—Es la primera vez que dices mi nombre —recalcó él bajándola lentamente, dejando que todo su cuerpo lo notara, en todos los sentidos, incluyendo esa parte entre sus piernas dura y caliente. Cuando su cara estuvo a la altura de la de ella, sus respiraciones se unieron en una, como una suave caricia en los labios, tanto que Ex pensó que era la boca la que la rozaba.
—Ithan, atiende la barra —interrumpió Uriel.
La protesta en forma de gruñido no se hizo esperar y Ex arqueó las cejas asombrada. ¿Había estado a punto de besarla y Uriel lo había parado? ¿Por qué? No quería mirarlo por temor a que siguiera enfadado o, peor aún, le dijera que se fuera. Como si pudiera volver a casa.
Ithan terminó de bajarla al suelo sin quitarle las manos de los costados hasta asegurarse de la resistencia de sus piernas y le sonrió de nuevo infundiéndole ánimo.
—¿Me esperas un momento?
—Sí.
Su sonrisa se amplió y se dio la vuelta hacia la barra, donde varias mujeres esperaban impacientes su llegada. Por primera vez Ex pudo observar el local con algo más de tranquilidad. Tras el pasillo por donde había entrado, estaba el mostrador del bar donde también se ocupaban, por lo que le pareció, de apuntar a cada clienta con el hombre elegido. ¿Era entonces un local de host? ¿Eso existía? Bueno, siempre había oído hablar de los de mujeres, ¿pero de hombres? Decidió que si en su ciudad no había ninguno, ella lo crearía... No pudo evitar sonreír ante la idea de ser la «señora» de los hombres que contratara para divertir a otras, aunque... ¿Ellos y las mujeres? Miró con rapidez en busca de alguna habitación. ¿Allí habría sexo? ¿O sólo acompañamiento? ¿Y por qué le interesaba saber eso, si apenas los conocía?