CAPÍTULO TRECE Jessie no tuvo tiempo de reaccionar. Antes de que pudiera moverse o incluso hablar, Crutchfield la había golpeado contra la pared y sacó un pequeño cuchillo del bolso. Se lo acercó a la carótida, presionando firmemente la punta contra su piel. Ambos estaban de frente, mirándose en el espejo del baño. —¿Soy su bestia de carga, señorita Jessie? —le ronroneó al oído con su agonizante y familiar acento de Luisiana. En medio de su pánico, Jessie se reprendió por no haberse dado cuenta antes de que era él. La permanente era claramente una mala peluca. El pantalón parecía algo que había encontrado en una tienda de segunda mano especializada en ropa femenina de los años ochenta. Y de cerca, el vello de los brazos era evidente, aunque se hubiera afeitado y se hubiera maquillado l

