Constanza, se alistó, tomó las llaves, encendió su auto, tratando de recopilar en su mente, toda la información posible, de los acontecimientos de la noche anterior y de sus sueños. Mientras lo hacía, decidió entonces, escuchar algo de música, colocó su pendrive en el reproductor, seleccionó la carpeta de Adele y comenzó a escuchar y cantar "One and Only"; para relajarse y llegar despejada a la Agencia de Publicidad, pues, le esperaba un día, extremadamente, largo y un poco bastante, estresante con unas cuñas para un canal de televisión, reconocido en la ciudad y en todo el país.
"You've been on my mind
I grow fonder every day
Lose myself in time
Just thinking of your face
God only knows why it's taken me
So long to let my doubts go
You're the only one that I want".
Iba cantando y tarareando la melodía, luego escuchó otra rola de Adele, específicamente "He won't go" y otras más, hasta que llegó al edificio, bajó al estacionamiento, tomó su ticket y parqueó su Audi n***o en la plaza 55, pues la de ella, estaba ocupada por un auto que llevaba un cartel de discapacidad. Se bajó de él, activó la alarma, caminó con sus tacones rojos, vibrando hacia el ascensor, pisó el botón de llamada, abrió sus puertas, entró en él, marcó el piso 25, se cerraron las puertas y subió tranquilamente, mientras se miraba reluciente en el espejo.
De pronto, el ascensor, abre sus puertas en el piso 15 y entra un hombre muy elegante, vestido de traje n***o, camisa violeta y corbata a juego con la misma. Saludó con un Buenos Días, muy seco, a lo que responde Constanza, un poco extrañada, al saludo. Le pareció raro, que, la persona que se subió al ascensor, saludara de tal manera pues, por lo general, los ciudadanos de Londres, suelen ser amigables incluso en las bienvenidas. Supuso que el visitante, no tuvo un buen amanecer y pensó, que ella tampoco lo tuvo, lo que no le quitó el hecho, de ser amable al responder.
Para romper el hielo, ella le dice:
- Disculpe caballero, ¿es usted visitante o trabaja en éstas oficinas?, le pregunto, porque en todos los años que trabajo aquí, es primera vez que lo veo.
Con una voz, casi de ultratumba, éste le responde, cabizbajo:
- No, no trabajo aquí.
- Pero, ¿pasó por la recepción de seguridad?, porque no veo que traiga carnet de visitante. Debe pasar por ahí y registrarse, indicando a qué piso se dirige y, por lo tanto, a qué oficina.
- No es necesario. A lo que vengo, no necesito hacer ese tipo de protocolos.
A Constanza, le pareció muy extraña la respuesta del sujeto en cuestión y comenzó a sentir cierto temor. Pues, en ningún momento alzó la mirada, cuándo le respondió a su pregunta.
- Por normas de seguridad, debe hacerlo o me veré en la obligación de reportarlo con los celadores.
En ese momento, el hombre alza la mirada y para sorpresa de Constanza, las pupilas de éste, eran intensamente rojas, tanto que parecía que, de ellas, expedía fuego. Ella, se asusta y comenzando a temblar, trata de llamar al departamento de seguridad, a través de un botón del tablero del ascensor. Pero él, no se lo permite y agarrándola con una fuerza sobrenatural, le dice:
- No vas a hacer nada, te vas a quedar quieta Constanza, a menos que, no quieras salir con vida de aquí.
- Qui... ¿Quién eres?, ¿Qué quieres de mí? Exclama, muy asustada.
- Soy Desmond, "El Caballero Oscuro", es un placer para mí, por supuesto. Vengo a llevarte conmigo, es mejor que estés de nuestro lado, las entidades malignas, necesitamos tu esencia, pero, sobre todo, tu espíritu. Así que no pongas resistencia, porque te puede ir peor. Le dice el hombre, mientras, sonríe maliciosamente.
En ese momento, ella trata de zafarse de él, pero le resulta imposible, por más que lo intenta, no puede alejarlo, sin embargo, como si de un ángel protector se tratase; el ascensor, vuelve a abrir sus puertas en el piso 23, para que entre, un grupo de personas que van a una capacitación de Marketing, en la agencia de publicidad para la que labora Constanza.
- ¡Auxilio!, ¡Ayúdenme por favor! Grita Constanza, irremediablemente nerviosa.
En ese momento, el hombre, la suelta y sale entre el grupo que, va entrando, desapareciendo por la puerta de emergencia.
- ¿Qué le pasa señorita?, ¿Está usted bien?
- E.., e..., ese hombre, me estaba haciendo daño, me quería secuestrar.
- ¿Cuál hombre, señorita?, no hemos visto ninguno por aquí, excepto los que venimos entrando.
- Ese hombre me quería hacer daño, si no es por ustedes, quien sabe que habría sido de mí. Dice, sollozando.
- Disculpe, señorita, ¿Se siente usted bien?, de éste ascensor, no salió nadie. Usted estaba sola, cuando se abrieron las puertas.
- No puede ser, aquí había un hombre de traje oscuro, ojos rojos, ¿cómo me van a decir que no lo vieron?
Ella, reuniendo la poca valentía que le quedaba, se asoma hacia el pasillo y efectivamente ve, que no hay nadie con esa descripción. Por lo que, entra de nuevo al ascensor, bastante alterada, mientras que uno de los chicos del grupo, trata de calmarla; aunque el resto murmuraba, que debía estar o loca o con unos tragos encima, porque estaba viendo visiones.
- Señorita, respire por favor. Lo que sea que haya visto, ya no está.
- Gracias, gracias. Pero, yo lo vi, no estoy loca como comentan ellos.
- No les preste atención, más bien, cálmese.
De pronto, se abren las puertas del ascensor en su piso, e inmediatamente, sale de ahí, echando un ojo a los lados, antes de entrar a la oficina. La recepcionista, al verla, extremadamente inquieta y a su vez, muy paranoica, le pregunta:
- Señorita Constanza, buenos días, ¿se encuentra usted bien?
- Buenos días, Esperanza. No, no me siento bien. Un hombre muy extraño, quería secuestrarme.
- ¿Cómo va a ser eso posible?
- No lo sé, yo venía subiendo en el ascensor y de repente se abrió no sé en qué piso y me dijo que venía a por mí, estoy muy asustada.
- Venga, señorita, siéntese y cálmese un poco, ¿le apetece una tila para los nervios?
- Sí, si por favor, pero tráigamela a la oficina, no deje entrar a nadie, no estoy para nadie, ¿de acuerdo?
- Está bien, enseguida se la llevo.
- Gracias, Esperanza.
En eso, Constanza, continúa hacia su oficina, al entrar y antes de cerrar la puerta, echa un vistazo, para corroborar que no hay nadie esperándola allí. Busca su móvil en el bolso, al encontrarlo, coloca éste, en un perchero de madera ubicado al lado de su escritorio. Con el teléfono en la mano, se desplaza por toda la oficina, abre la puerta del baño, el cual, encuentra vacío, abre la puerta del salón de conferencias, y, lo encuentra tal y como lo dejó el día anterior, luego se asoma al gran ventanal, del cual, puede ver todo Londres y perderse en el paisaje, lo que la comienza a relajar. Suspira, y, piensa en escribirle a sus amigas, para comentarles lo que le sucedió en el ascensor, pero, decide escribirle sólo a Agatha, al fin y al cabo, ella puede ser la única, que podría ayudarle en estos casos, pues, ya con la mente entrando en frío, se da cuenta, que el suceso de unos minutos antes, puede tener alguna conexión, con todo lo vivido en el bar de los reencuentros y con todas las cosas que ésta, les había comentado, durante su reunión. Por lo que decide llamarla, en vez de escribirle un mensaje, ya que, de ésta manera, la comunicación es más rápida, directa y efectiva, además sus manos, aún le temblaban y así era imposible, redactar un mensaje de texto.
Constanza, busca el contacto de su amiga en el directorio de su móvil, al encontrarlo, marca enseguida la tecla de llamar, timbra dos veces y Agatha, atiende:
- Aló, Constanza, buen día, ¿Cómo amaneces hoy?
- Agatha, no sé si será un buen día.
- ¿Qué tienes?, te escuchas preocupada, ¿Pasó algo?
- No sé, Agatha, fue tan extraño. Aún, tengo los nervios de punta.
- Espera un instante, ya te atiendo. Le dice Agatha, que se encuentra de camino a la tienda, a la espera de un "Black Cabs". Se sienta en uno de los bancos que están ubicados en la parada, para estar más cómoda, mientras escucha a Constanza.
En ese momento, llaman a la puerta de la oficina. Constanza, pregunta:
- ¿Quién es?
- Es Esperanza, le traigo la tila para que se calme.
- Agatha, espera un momento, no vayas a colgar.
- Ok, pero, me tienes que decir, qué te está pasando. Ya me puse cómoda, mientras espero el taxi.
- Adelante, déjala ahí – Le indica, Constanza, señalando la cómoda que tiene a un lado del escritorio. - Gracias. Cuando salgas, por favor cierra la puerta y sigo sin estar para nadie, hasta que te avise, ¿está bien?
- Sí, señorita Constanza, como usted ordene. Con permiso.
- Bien pueda. Le dice, mientras retoma la llamada.
- Agatha, ¿sigues ahí?
- Sí, aquí estoy. Dime ¿Que te tiene así?, escuché que te llevaron una tila y desde que te conozco, esa no es tu bebida predilecta un miércoles por la mañana, o ¿me equivoco? me comienzas a preocupar a mí.
- Ocurrió algo muy extraño en el ascensor de las oficinas, hace un momento cuando venía subiendo a la agencia. Pero no sé cómo explicarte.
- A ver, toma un sorbo de lo que te llevaron, te sientas y me cuentas, ¿está bien?
- No, no Agatha, no está bien. Un hombre de ojos rojos; como una hoguera y traje n***o, trató de secuestrarme. Exclama, mientras toma un sorbo largo de la infusión.
- ¿Cómo?, ¿Ojos rojos como fuego?
- Sí, como lo oyes. Era un tipo muy extraño, nunca lo había visto por aquí, por lo que le pregunté, si era visitante o si trabajaba en el edificio y aparte que me contestó muy mal, a decir verdad, me inspiró desconfianza y seguí indagando.
- Pero ¿ojos rojos por alguna enfermedad ocular o era el color de sus pupilas?
- Pupilas, Agatha, pupilas rojas, pensándolo ahora en frío, parecía un demonio. Le responde Constanza, nuevamente nerviosa.
- ¿Qué es esto que me cuentas? ¡Se me ponen los vellos de punta!, Y, ¿Te habló?, ¿Qué te dijo?
- Sí, se presentó diciéndome que era "El Caballero Oscuro", si no mal recuerdo, se llamaba Desmond, dijo, que venía a secuestrarme, que necesitaba mi esencia; mi espíritu, no sé, algo así y que, si ponía resistencia, no viviría para contarlo.
- ¿Desmond?, ¿El Caballero Oscuro? Pero ¿de qué va esto?
- No lo sé, Me dejó muy inquieta ese encuentro, Agatha. De repente, se abrió el ascensor y el tipo desapareció, entre un grupo de estudiantes que iban entrando.
- ¿Cómo que desapareció?, ¿no viste qué ruta tomó?
- No, Agatha, no, fue muy rápido, de hecho, los estudiantes ni siquiera, se dieron cuenta que estaba ahí y mucho menos cuando salió.
- Ese suceso, está muy raro. Deberíamos vernos, como habíamos quedado ayer. Hay que buscar las respuestas, a todas éstas cosas que nos están pasando, desde que nos reencontramos.
- Dices, ¿Que nos está pasando?, ¿A ti y a las chicas, también?
- Sí, Constanza. Hemos estado viviendo situaciones anormales, cada una, en momentos específicos. Pero, todo eso no lo podemos hablar por aquí, a fondo. Veámonos a mediodía, a eso de la una de la tarde. ¿Estarás desocupada a esa hora?
- No lo sé, creo que sí. No he revisado la agenda de hoy, pero de no ser así, me escaparé e iré a la tienda.
- Está bien, me avisas cualquier eventualidad. Y por lo pronto, sigue tomando tu infusión, relájate, pon alguna canción de Adele, inhala y exhala varias veces, cuenta hasta diez y cálmate. Ten fe, que vamos a descubrir el origen de todo esto, ¿de acuerdo?
- De acuerdo amiga, gracias por escucharme, no sé qué sería de mí, sin ti; sin ustedes.
- Descuida, para eso estamos. Me avisas ¿está bien? Ya llegó el taxi, hablamos ahora. Hasta entonces, te quiero, no lo olvides.
- Sí, nos estamos comunicando. También te quiero.
Ambas, cuelgan la llamada, en el mismo instante. Constanza, suspira y, se dispone a hacer los ejercicios que le recomendó su amiga, para aquietarse y comenzar de lleno con sus responsabilidades en la Agencia, que eran muchas para un sólo día.
Mientras tanto, Caridad, ya alistada, con un jean verde pálido, una sudadera blanca, unos tenis "Ocean Palace" y su bolso, también de jean, termina de recoger el plato, la taza de té y el vaso de jugo de frambuesa, que se había servido para acompañar, el desayuno. Mira el reloj de su móvil y piensa que ya es hora de salir a la Fundación. Por lo que toma, el resto de sus cosas, las llaves y se despide de sus plantitas, que le sonreían, por sus atenciones diarias.
- A ver, ¿Qué ruta tomaré hoy?, me iré ¿en bus o en "The Tube"?, es un poco tarde, si camino hasta la parada, tendría que hacerlo muy rápido, porque de lo contrario, no voy a llegar a tiempo para el próximo bus.
Mientras Caridad, caminaba, hablaba consigo misma, para tomar una decisión. De pronto, se le acerca un muchacho, de edad contemporánea, con ella, pero, algo desaliñado. Y le pregunta:
- Señorita, ¿la puedo acompañar?, veo que va a tomar la ruta del bus, y, yo también, siendo así nos podemos hacer compañía.
- Disculpe, no lo conozco, no me gusta caminar con extraños.
- Me presento, mucho gusto, soy Desmond.
- Disculpe de nuevo, pero voy apurada – Por lo que Caridad, apresura el paso.
- Déjeme acompañarla, podemos conocernos mientras llegamos a la parada.
- No, no, ya no voy a la parada. Tomaré otro medio de transporte. Que tenga buen día. Exclama, algo agitada por la insistencia del joven.
De pronto, el muchacho, cambia la voz y su aspecto, ya no parece tan desaliñado e inocente, tal vez, por lo que le dice, un poco molesto:
- Caridad, no puedes huir tan fácil de mí. Quieras o no, te voy a acompañar.
En cuanto, escucha que no es la misma voz de hace un instante, la que emite el hombre, voltea a mirarlo, sintiendo un susto enorme que la abarca por completo, se da cuenta que es alguien totalmente diferente.
- Déjeme en paz. Yo no lo conozco y tampoco quiero saber quién es usted. - Ya muy asustada, intenta gritar, pero lo que sale de su garganta es un grito ahogado.
De repente, Caridad, se desmaya de la impresión, al ver a Desmond, abalanzarse sobre ella.
Las pocas personas que también caminaban por esa avenida, se acercan al ver al hombre, encima de Caridad, desplomada en la calle.
- ¡Ayúdenla! Grita una mujer desde la esquina. Mientras corre hacia el lugar donde está la muchacha, desmayada.
- ¡Policía, policía!, Llamen a la policía. Ese hombre está lastimando a esa mujer. - Grita, un señor que camina con bastón, por la otra acera.
De repente, el Caballero Oscuro, desaparece de la escena, como por arte de magia.
Al llegar la policía, los testigos, dieron su testimonio, pero ya, el victimario, no estaba allí y los pocos que lo vieron, no recordaban siquiera, una característica del hombre, que dar a la autoridad.
Como pudieron, despertaron a Caridad, quien se encontraba confundida por el suceso anterior, con ese hombre desconocido.
- ¿Se siente mejor?
- Sí, ya se me está pasando el dolor que recibí por el impacto de la caída, gracias.
- ¿Me permite hacerle algunas preguntas?
- Sí, señor agente, haga las preguntas necesarias.
- ¿Conoce usted al hombre que la atacó, señorita?
- No, señor, nunca antes lo había visto.
- ¿Tiene usted algún enemigo?, ¿A qué se dedica?
- No, señor agente, no que yo sepa. Trabajo en la Fundación Benéfica “A friendly hand”, aquí tiene mi credencial.
El agente, la revisa, corroborando que Caridad, le está siendo honesta, respecto a su pregunta y le dice:
- Debe poner la denuncia de inmediato, ¿gusta acompañarnos?
- De acuerdo. Sólo, permítame hacer una llamada.
- Perfecto, señorita. La esperamos por aquí.
Caridad, saca su móvil, marca a la Fundación, para avisar que llegará un poco tarde, pues se le presentó un inconveniente, cuando iba de camino.
Al terminar la llamada, le hace seña al agente, se acerca a la patrulla y se embarca en ella, para poner la denuncia, tal y como le había aconsejado, el policía.
Mientras va en la patrulla, piensa en todo lo que ha pasado, de un par de días para acá, por lo que, comienza a creer, que todo lo que ha dicho Agatha, tiene lógica. Y eso, lo va a corroborar, ésta tarde en el encuentro junto al Río Támesis.