Siete meses después: Danika avanzó por los pasillos de la cárcel, llevando consigo un manojo de papeles. El vientre prominente, tan grande como una piñata, no había compadecido al guardia de seguridad, quien simplemente la envió sola por la cárcel en busca de la celda 666. Ella había reído ante la ironía de ese número, ya que en su interior se encontraba el jodido demonio. Sin miedo, ella caminó por la cárcel. Sus pantalones ceñidos y botas de taco fino habían sido reemplazadas por zapatillas planas y pantalones de embarazadas, fáciles de colocar y retirar. Aunque si debía admitirlo, a esas alturas era Mathew quien la ayudaba a vestirse y desvestirse. En especial a lo último, aunque ella podía hacerlo por su cuenta. —¿Ya vas adquiriendo el aroma a podrido?—ronroneó Danika cuando fina

