La mañana siguiente parecía tranquila en la oficina, pero para Valeria y Adrián todo había cambiado. El primer beso inesperado y la confesión de sentimientos habían dejado una marca invisible entre ellos, un hilo de tensión que no se podía ignorar. Sin embargo, las reglas de la empresa, la mirada de los demás y la profesionalidad que ambos debían mantener comenzaron a actuar como barreras imposibles. Valeria entró al despacho con pasos decididos, pero por dentro sentía que cada instante que pasaba cerca de Adrián era un acto de riesgo. Él estaba allí, concentrado en un contrato importante, pero sus ojos seguían la entrada de Valeria con esa intensidad que no podía disimular. —Buenos días, Valeria —dijo él, con voz firme. —Buenos días, señor Herrera —respondió ella, manteniendo la for

