Capítulo 14: Un gesto protector

830 Palabras
La mañana llegó con un silencio inusual. El automóvil que llevaba a Adrián al aeropuerto había partido antes del amanecer, y la mansión Duarte parecía funcionar con un ritmo más lento, como si la ausencia de su dueño alterara la energía del lugar. Valeria lo notó. El ambiente era menos tenso. Pero también… extrañamente vacío. Intentó concentrarse en sus tareas. Revisó correos, organizó documentos pendientes y coordinó entregas administrativas. Sin embargo, en más de una ocasión se sorprendió mirando el reloj. No sabía exactamente por qué. Solo sentía su ausencia. A media mañana, Carmen le pidió que llevara unos archivos al edificio administrativo anexo, ubicado al otro lado de los jardines. —Entrégalos directamente en contabilidad —indicó. Valeria asintió y salió por el sendero lateral. El cielo estaba despejado, y el aire fresco de la mañana hacía que el recorrido resultara agradable. Era uno de los pocos momentos del día en que podía sentir el mundo exterior más allá de los muros elegantes de la mansión. Mientras caminaba, revisaba mentalmente las tareas pendientes. No vio el pequeño desnivel en el camino de piedra. Su pie se torció. El dolor subió por su tobillo de inmediato. —Ah… —exhaló con dificultad, intentando mantener el equilibrio. Logró sostenerse, pero el dolor era agudo. Intentó caminar. No pudo. Se sentó en el borde del sendero, respirando con calma para no entrar en pánico. —Solo es un mal paso… nada más… —se dijo. Pero el dolor no cedía. Un vehículo se detuvo cerca. Valeria levantó la mirada. Era uno de los autos ejecutivos. La puerta se abrió. Y Adrián Duarte salió. Su viaje había sido pospuesto por una reunión virtual urgente. Pero Valeria no lo sabía. Lo que sí vio fue su expresión al notar que estaba sentada en el suelo. El control desapareció de su rostro. Se acercó rápidamente. —¿Qué ocurrió? —Estoy bien… solo torcí el tobillo. Intentó ponerse de pie. El dolor la hizo perder estabilidad. Antes de caer, Adrián la sostuvo. Sus manos firmes rodearon sus brazos. El contacto fue inmediato. Seguro. Protector. Valeria sintió su cercanía como una corriente cálida que contrastaba con el dolor. —No se mueva —dijo él con firmeza. Su voz no era autoritaria. Era preocupada. La ayudó a sentarse nuevamente. Se agachó frente a ella para examinar el tobillo con cuidado. Sus manos eran firmes pero sorprendentemente delicadas. —Está inflamándose. Valeria se sintió extrañamente vulnerable bajo su atención. Nadie la había cuidado así en mucho tiempo. —Puedo caminar —intentó decir. Él la miró con seriedad. —No es necesario demostrar fortaleza todo el tiempo. Las palabras la sorprendieron. Porque no eran una orden. Eran comprensión. Antes de que pudiera protestar, Adrián se puso de pie… y la levantó en brazos. Valeria quedó inmóvil, sorprendida. —Señor, no es necesario… —Sí lo es. Su voz no admitía discusión. El mundo pareció detenerse mientras él caminaba hacia la mansión con ella entre sus brazos. El personal los observó con sorpresa. Pero nadie dijo una palabra. Valeria podía escuchar el latido firme de su corazón. Podía sentir la seguridad de sus brazos. Y, por un instante, olvidó el dolor. La llevó hasta la sala privada y pidió hielo y vendaje. Se arrodilló frente a ella nuevamente para colocar la compresa fría con cuidado. Sus movimientos eran precisos. Pero suaves. Como si temiera causarle más dolor. Valeria lo observaba en silencio. No al empresario. No al jefe. Sino al hombre que se preocupaba genuinamente. —¿Duele mucho? —preguntó. —Menos ahora. Sus ojos se encontraron. Demasiado cerca. Demasiado íntimos. El aire se llenó de algo que no tenía nombre. Algo cálido. Algo profundo. Algo que ninguno podía ignorar. Entonces Adrián se apartó ligeramente, recuperando el control. —Debe descansar hoy. Valeria asintió. Pero dentro de ella, algo latía con fuerza. No era solo gratitud. Era algo más. Algo que crecía con cada gesto inesperado. Horas después, mientras reposaba en su habitación, Valeria miraba el vendaje en su tobillo. Pero lo que ocupaba su mente no era el dolor. Era la manera en que la sostuvo. La preocupación en su voz. La calidez inesperada en sus gestos. Y comprendió algo que la hizo cerrar los ojos con suavidad: Adrián Duarte no era un hombre frío. Solo era un hombre que había aprendido a proteger su corazón. Esa noche, Adrián permaneció más tiempo del habitual en su despacho. Intentaba concentrarse en los informes. Pero su mente regresaba una y otra vez al momento en que la vio en el suelo. Al miedo que sintió. A la necesidad inmediata de protegerla. Era una reacción que no había planeado. No había calculado. No había controlado. Y eso lo inquietaba. Porque comenzaba a importarle. Más de lo que debería. La mansión quedó en silencio. Pero entre ellos, algo había cambiado. Un gesto protector había cruzado una línea invisible. Y ahora, ignorar lo que sentían… se volvía cada vez más difícil.
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