Capítulo 12: Tensiones en la oficina

816 Palabras
La tormenta de la noche anterior había dejado el aire limpio y fresco, pero dentro de la mansión Duarte la calma no era tan evidente. El ritmo del trabajo continuaba con precisión, sin embargo, algo imperceptible había cambiado. Las miradas duraban más. Los silencios eran más densos. Y la presencia de Valeria comenzaba a generar reacciones que antes no existían. Ella lo notó desde temprano. En la cocina del personal, dos asistentes dejaron de hablar cuando entró. En el pasillo, un guardia le ofreció una sonrisa cómplice. En la oficina administrativa, las conversaciones se interrumpían al verla pasar. No entendía del todo por qué. Pero podía sentirlo. Las cosas estaban cambiando. Aquella mañana, Adrián tenía una agenda particularmente exigente. Tres reuniones consecutivas, llamadas internacionales y decisiones financieras importantes. Valeria organizaba documentos, coordinaba horarios y verificaba detalles con eficiencia impecable. El despacho era un espacio de concentración absoluta. O al menos debería haberlo sido. —Necesito el informe de logística —dijo Adrián sin levantar la vista. —En su escritorio, señor. Él extendió la mano sin mirar. Valeria colocó el documento. Sus dedos rozaron los suyos. Ambos se detuvieron apenas una fracción de segundo. Pero fue suficiente. Adrián retiró la mano primero. —Gracias. Su voz sonó más grave de lo habitual. Valeria regresó a su lugar intentando ignorar la sensación cálida que subía por su piel. Minutos después, una mujer elegante entró al despacho sin anunciarse. Tacones firmes. Perfume intenso. Mirada segura. —Adrián, necesitamos hablar. Valeria levantó la vista. No era parte del personal. No era una visitante común. Era Sofía Rivas, directora financiera del grupo Duarte y figura habitual en los eventos corporativos. Una mujer acostumbrada al poder. Y a estar cerca de Adrián. Sus ojos se posaron en Valeria por un segundo. Evaluándola. Midiéndola. Clasificándola. —Tenemos asuntos urgentes —continuó Sofía. Adrián asintió. —Cinco minutos. Valeria reunió algunos documentos para retirarse, pero Sofía habló antes de que pudiera salir. —Puedes dejarlos. Yo me encargo. El tono fue educado. Pero frío. Valeria dudó. Entonces Adrián intervino: —Valeria continuará con la coordinación. Sofía arqueó una ceja casi imperceptiblemente. —Como quieras. Valeria sintió la tensión en el aire. No dijo nada. Solo asintió y continuó organizando papeles. Pero podía sentir los ojos de Sofía observándola. Como si intentara descifrar su lugar allí. La reunión se volvió técnica y rápida. Cifras, proyecciones, decisiones. Valeria tomó notas con precisión. Evitó levantar la mirada. Pero la tensión era palpable. Finalmente, Sofía cerró su carpeta. —Te veré esta noche en la cena con los inversionistas. Adrián asintió. Ella se levantó. Antes de salir, dirigió una última mirada hacia Valeria. Una sonrisa leve. Perfecta. Pero sin calidez. Cuando la puerta se cerró, el despacho pareció recuperar el aire. Valeria continuó trabajando como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, una sensación incómoda permanecía en su interior. No eran celos. No tenía derecho a sentirlos. Era algo distinto. Una inquietud nueva. Desconocida. —Ignórela. Valeria levantó la mirada, sorprendida. Adrián continuaba revisando documentos. —Es eficiente, pero no siempre cordial. Valeria asintió. —Entiendo, señor. Pero él la observó. Como si supiera que la incomodidad había sido real. Y, por alguna razón, eso le resultó desagradable. No le gustaba que alguien la hiciera sentir fuera de lugar. No le gustaba… en absoluto. El resto del día transcurrió entre llamadas urgentes y ajustes de agenda. Sin embargo, cada encuentro entre Adrián y Valeria estaba cargado de una tensión distinta. Más consciente. Más presente. Más difícil de ignorar. El personal lo notaba. Los pasillos parecían contener susurros. Las miradas cómplices se multiplicaban. Y el equilibrio profesional comenzaba a tambalearse. Al caer la tarde, Valeria se dirigió al archivo para buscar unos documentos pendientes. El lugar estaba silencioso y tenuemente iluminado. Mientras revisaba estanterías, escuchó pasos acercarse. Se giró. Adrián estaba en la entrada. —El contrato del ala norte. Valeria asintió y buscó la carpeta. El espacio era estrecho. Cuando ella se volvió para entregarla, estaban demasiado cerca. Su respiración se mezcló. El silencio se volvió denso. El mundo exterior desapareció. Sus ojos se encontraron. Intensos. Inmóviles. Peligrosos. Valeria sintió que debía apartarse. Pero su cuerpo no respondía. Adrián tomó la carpeta sin romper el contacto visual. Sus dedos rozaron los suyos. Un instante eléctrico. Entonces una voz lejana llamó desde el pasillo. La realidad regresó. Valeria dio un paso atrás. Adrián aclaró su garganta. —Gracias. Su tono había recuperado el control. Pero el aire seguía cargado. Cuando él se marchó, Valeria apoyó la mano contra la estantería para recuperar el equilibrio. Su corazón latía con fuerza. Porque ya no podía negarlo. Algo estaba cambiando. Y no había forma de detenerlo. Esa noche, mientras la mansión recuperaba su calma, una verdad silenciosa se abría paso entre ambos: La atracción ya no era sutil. Era real. Y comenzaba a tensar el mundo profesional que los mantenía a salvo.
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