Capítulo 5: Una mujer diferente

445 Palabras
La rutina en la mansión Duarte era precisa, silenciosa y casi mecánica. Cada empleado conocía su lugar. Cada movimiento tenía un propósito. Cada palabra era medida. Valeria intentaba adaptarse. Pero no podía evitar ser ella misma. Aquella mañana, mientras organizaba flores frescas en el vestíbulo principal, notó que uno de los guardias de seguridad observaba discretamente un portarretrato antiguo sobre una mesa lateral. Era una fotografía de una mujer elegante, de mirada serena y sonrisa cálida. —Era la madre del señor Duarte —susurró el guardia, como si hablar en voz alta pudiera romper algo sagrado—. Falleció hace muchos años. Valeria observó la imagen con respeto. Había ternura en esa mirada. Una ternura que no existía en los ojos de Adrián. Sin pensarlo, acomodó ligeramente el marco, retiró una pequeña mota de polvo y colocó junto a él una flor blanca del arreglo que llevaba. No por obligación. Por respeto. Por intuición. Por humanidad. —No debes mover objetos personales —dijo una voz profunda detrás de ella. Valeria se giró con el corazón acelerado. Adrián. Sus ojos oscuros se posaron primero en la flor… luego en ella. —Lo siento, señor —respondió con sinceridad—. Solo pensé que… ella merecía algo bonito. El silencio se extendió entre ambos. El guardia bajó la mirada. El tiempo pareció detenerse. Adrián observó el retrato nuevamente. Su expresión no cambió… pero algo en su mirada se suavizó por un instante. Un instante breve. Casi invisible. —Déjela —dijo finalmente. Valeria lo miró, sorprendida. —Está bien. Y sin agregar más, continuó su camino. Pero aquella breve respuesta dejó algo distinto flotando en el ambiente. No fue una orden. No fue una corrección. Fue una aceptación. Horas más tarde, en la cocina del personal, los murmullos comenzaron. —¿El señor Duarte permitió eso? —Nunca deja que nadie toque ese retrato. —Esa chica es diferente… Valeria fingió no escuchar. Sin embargo, en su interior, algo se movía. No sabía explicar por qué. Pero cada vez que Adrián la miraba… sentía que él intentaba descifrarla. Y lo que más la inquietaba… era que ella también comenzaba a querer entenderlo. Esa noche, antes de retirarse, Adrián pasó nuevamente por el vestíbulo. Se detuvo frente al retrato. Observó la flor blanca. Por primera vez en mucho tiempo… sus recuerdos no dolieron tanto. Y sin darse cuenta, una pregunta cruzó su mente: ¿Quién era realmente esa mujer… que parecía traer calma a un lugar donde reinaba el control? Arriba, en su habitación, Valeria miraba por la ventana sin saber que, abajo, alguien pensaba en ella. Y sin saberlo… acababa de romper la primera barrera.
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