Las máscaras que ocultan más que un rostro.

1926 Palabras
El lunes comenzó con el reproductor de Evander en su máximo volumen. La música alternativa era lo que lo despertaba de mejor humor. Se puso de pie y comenzó su rutina diaria. Dientes, cara, cabello, desodorante. Camiseta, sudadera, jeans negros y botines. Mochila, teléfono, audífonos. Apagar la luz, cerrar la puerta y caminar hacia el campus. En realidad el recorrido no era largo, ya que su pequeño departamento se encontraba a unos quince minutos caminando. Siguió escuchando música durante todo el trayecto y por un momento despejó su mente antes de volver a pensar en Augus. Lo había herido y, si bien era cierto que quizás no podía comprender los sentimientos de romance, la verdad era que lo estimaba. Ese par que, hasta el viernes anterior, había sido inseparable desde la preparatoria. Seis años de relación se habían ido por la borda y, Evander estaba casi seguro de que nada volvería a como era antes. Se quitó los audífonos cuando estuvo frente a su aula y entró para encontrar el lugar casi vacío. ¿Había llegado demasiado temprano? Como fuese, se sentó al final de todos y miró su teléfono. Cerró la aplicación que usaba para escuchar música y vio la recientemente instalada aplicación de Desires. Echó un vistazo hacia los lados, asegurándose de que nadie podía llegar a ver lo que tenía en sus manos y abrió la aplicación. Desires era una especie de sitio de citas pagado. Los “contribuyentes” podían registrarse y tener citas con hombres desconocidos a cambio de efectivo, el truco estaba en que eran citas… para adultos. Durante todo el fin de semana, Evander había creado un perfil falso, con fotos suyas recortadas estratégicamente para que nadie pudiese ver con claridad su rostro, pero si el resto de él. Su cuerpo, su ropa y bueno… sus atributos. Quizás no era tan obsceno como los miles de ejemplos que vio detalladamente durante su fin de semana tan poco romántico, pero era una de sus joggers más ajustados en la entrepierna y su vientre descubierto. A ver, que la idea no era tan mala. No todos los “clientes” pagaban por sexo. Por lo que había visto, muchos sólo querían compañía un par de horas, o hablar con alguien… aunque quizás para él, eso era mucho más difícil que sólo tener coito. Suspiró y vio de nuevo la lista de ideas que había hecho en su perfil falso. “Eve” tenía una detallada lista de precios, desde una cita de charlas hasta la experiencia más única, vaya, una verdadera prostituta. Claro que, este perfil seguía privado y sin opción para que nadie más lo viese además de él. Entonces el profesor llegó empujando con fuerza la puerta, sacando a Evander del trance y haciendo que este casi tirase su teléfono. Lo atrapó con pánico y suspendió su pantalla antes de que alguien viese lo que estaba haciendo. —Ups — dijo el profesor al ver a los alumnos sobresaltados —, pensé que seguía rota la puerta. Por fin arreglan algo en esta escuela. Evander entonces sacó su cuaderno y al abrirlo, el tiempo pasó volando. Durante la clase sintió su teléfono vibrar varias veces, pero decidió ignorarlo, pensando en que se trataría de sus padres o algún compañero de curso y, cuando el profesor tomó un momento para escribir en la pizarra el trabajo del curso, decidió averiguar de qué se trataba la vibración constante de su móvil. Su rostro se fue coloreando de mil tonalidades al ver que el peor escenario, que hasta ese momento ni siquiera había imaginado, se había vuelto realidad. Al atrapar el móvil, había publicado su perfil accidentalmente. Miró las múltiples solicitudes que tenía en ese momento y su corazón, juró, dejó de latir por un momento largo. —Está bien, chicos — dijo el profesor, haciendo que, de nuevo, Evander apagase su móvil —, pueden anotar lo que está escrito aquí y luego pueden retirarse. Evander tomó una foto rápida de la pizarra y luego huyó de ahí. Caminó acelerado mientras intentaba llegar a una solución. Seguramente nadie habría realmente tomado en serio lo que había puesto ahí ¿no? ¿Y si alguien lo reconocía? No, no, se había encargado de que su rostro no fuera reconocible. Además, quizás no eran tantas solicitudes… se golpeó el rostro con la palma abierta. ¡Claro que eran un montón! Aunque no las había contado, estaba seguro que eran más de veinte. Veinte personas que lo habían visto. Veinte personas que sabían su sucio secreto. Veinte personas que estaban dispuestas a pagar por él… Se detuvo en seco y miró a la distancia mientras una idea comenzaba a ganar fuerzas en su cerebro. ¿Y si…? Sacó su móvil y vio la lista de solicitudes que incrementaban poco a poco. Cada persona había “canjeado” un servicio diferente y, aunque muchos querían una experiencia… “única”, era decisión de Evander si aceptaba o no el trato. Quince dólares por sentarse a hablar con un desconocido. Recordó su situación con el refrigerador e hizo una mueca inconscientemente. ¿Realmente era una idea factible? Es decir, ahí estaba, literalmente en las palmas de sus manos, un montón de hombres dispuestos a pagar sólo por estar una hora charlando con él. Por primera vez, su corazón tuvo una sensación que nunca antes había experimentado. ¿Miedo? Ciertamente se parecía al sentimiento que tenía cuando tenía que confrontar a su padre luego de fallar una prueba, pero esto era mucho, mucho más extremo. Era algo prohibido que él podía poseer, un secreto que nadie sabría, una oportunidad que parecía brillar como una mina de diamantes frente a él. Entonces hizo clic en el botón de “aceptar” a la primera solicitud que vio. Habían pasado horas desde aquello, y ahora “Eve” se encontraba en una cafetería en un barrio bastante pesado de la ciudad al que apenas había ido un par de veces en su vida. Pidió un café para esperar a su próxima compañía. El perfil del desconocido estaba casi vacío a excepción de un par de fotos donde dejaba ver su apariencia a medias. En ambas usaba una mascarilla para evitar que su rostro fuera visible. Su descripción también era lamentable. “Gordo, solo y triste, pero con mucho dinero para el chico indicado”. ¿Era esto real? La duda lo invadió y quiso levantarse pero entonces escuchó una voz dirigirse a él. —¿”Eve”? — Escuchó la voz masculina y dirigió su mirada al desconocido. Definitivamente era él. Su cliente. Este llevaba la misma máscara de sus fotos y ropa casi completamente negra. — Soy yo, Fugley. —Ah… sí, claro — Evander se acomodó en su silla y “Fugley” usó aquél gesto como invitación a sentarse. —Perdón por llegar cinco minutos tarde, no encontraba un espacio de estacionamiento libre — el chico explicó —. No haré que gastes más tiempo de lo acordado, te lo prometo. —No hay problema — respondió un Evander inseguro —, yo también llegué hace poco. —Mientes — dijo Fugley casi interrumpiendo a Evander, que retrocedió físicamente ante la brusquedad —, es decir… por la taza de café que pediste… está a la mitad. Llevas un rato aquí… ¿veinte minutos? ¿Más? Evander siguió con su postura defensiva y su compañía rápidamente quiso explicarse. —Lo siento, lo siento, no quise ser… es sólo que… — Evander alzó una ceja y frunció el ceño ante la extraña actitud de su cliente —, me cuesta mucho trabajo hablar con otros chicos. Por eso uso Desires. Para conocer gente como tú. —¿Como yo? —Guapa. Gente guapa. Es decir, sé que después de que te pagué no querrás verme de nuevo hasta que te vuelva a solicitar pero… me gusta pensar que mis citas escuchan lo que digo. —Bueno… estás pagando por esto. Fugley soltó una risa incómoda y se rascó la nuca. —Entonces, ¿eres nuevo en la app? Tú perfil es nuevo, o eso decía cuando te vi. Evander asintió. —Lo creé este fin de semana. —Ya debes tener muchos hombres comprándote ¿no? Eres muy hermoso — Evander no respondió —. Por eso me alegra que aceptaras verme a mí. Evander entonces se relajó. Si él tenía problemas, Fulgey era mil veces peor. La conversación era jodidamente incómoda. ¿Era así como sería toda la hora con él? —¿Y ya has tenido relaciones con alguien de la aplicación? —Wow. —¿No? — Fugley parecía extrañado. — Lo siento, creí que… —Creo que hablar es suficiente. —Bueno… supongo que está bien. Hubo un largo silencio incómodo. —No voy a acostarme contigo, Fugley. —¡No, no! Yo sólo quiero hablar contigo… es sólo que… alguien como tú… pensé que sólo querías hacer dinero. —Lo hago por dinero pero, no eso… —¿Por qué? ¿Te asusta? —No. —Está bien tener miedo de lo desconocido, Eve. Yo no podía mirar a los ojos a un chico hasta hace dos meses. Pero lo superé y ahora puedo hablar con uno de ensueños. El cumplido, a pesar de ser extraño, logró sacar una sonrisa en el rostro de Evander. —No me da miedo experimentar, pero ¿no crees que sea peligroso? —La aplicación es muy segura, todo el rato nos monitorea. Además, creo que los contribuyentes tienen un botón de emergencia o algo así, en caso de que, ya sabes, algo no salga como esperan. Evander asintió recordando el botón del que hablaba. —No sé si estoy listo para tener qué presionarlo. —No tienes que presionarte — dijo Fulgey —. Pero ahora que lo pienso, ¿por qué añadiste las opciones de encuentros de adultos si no pensabas tenerlos? —Fue un accidente. En realidad todo esto es un accidente. Sólo quería ver cómo era… —¿Un accidente? ¿No creaste tu perfil? —No, sí, es decir… sí, lo hice, pero lo hice público por error. Fugley se apoyó sobre su codo. —Me estás mintiendo. —No tengo por qué hacerlo. —Nadie entra en Desires sin saber a lo que viene. Mucho menos añade opciones especiales si… —No voy a acostarme contigo, Fugley. Fugley por primera vez se rió de forma genuina. —A lo que me refiero es que, quizás algo dentro de tí si quiere… experimentar más — aquello hizo cosquillas en la nuca de Eve, que de pronto se veía cautivado ante la idea de Fugley —, quizás tu pudor aún es suficiente para alejarte del sexo pero… creo que sabes lo que quieres. Evander no respondió y en su lugar, dio un sorbo de su taza de café. —Pero háblame de ti — dijo Fugley cambiando completamente el tema —, ¿a qué te dedicas? Eve sonrió a medias y a partir de esa pregunta, la conversación regresó a la normalidad. La cita fue rápida y, apenas terminó, tomó un taxi de regreso a casa. Al llegar, se quitó sus botines y arrojó las llaves a la mesita de entrada, tomó su móvil y vio el pago realizado en la aplicación. Quince dólares por la cita y una propina de cincuenta por “la buena charla”. Alzó ambas cejas y sonrió de lado. Quizás no había sido del todo una mala experiencia.
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