Capítulo 2. La humillación.

1584 Palabras
Sin mediar palabras, la tomó de la cintura, la levantó, acercándola a su cuerpo y empezó a besarla primero suave y después de manera exigente, instándola a abrir su boca para introducir su lengua dentro de ella, jugueteó con su lengua, mientras la dejaba sin respiración en un beso demasiado voraz, nunca había sido besada de esa manera, de hecho su único beso se lo había robado a él, pero su control terminó de perderlo, cuando sintió su erección rozando con su humanidad, sintió una corriente eléctrica por todo su cuerpo. Él le acarició las caderas y sus nalgas acercándola más a su cuerpo, estaban totalmente excitados, se olvidaron de todo excepto de lo que estaban sintiendo, hasta que fueron interrumpidos por Fernando que espetó molesto. —Sebastián ¿no crees que ya te cobraste suficientemente el premio? hubiese sabido de que se trataba y me ofrecía voluntariamente a recibir el premio. Anabella y Sebastián se separaron mirándose con intensidad y con sus respiraciones entrecortadas, ella se disculpó. —Lo siento, yo no…—. Y sin decir más nada, salió de la piscina corriendo, mientras todos se reían de ella a excepción de Sebastián y Fernando, que cuando se volteó se miraban como evaluándose. Ella llegó a su habitación agitada y demasiado excitada, desconocía que un simple beso pudiera despertar semejante explosión de deseo, entró al baño se duchó para quitarse el sabor de Sebastián y para aplacar esa vorágine de calor que le recorría su cuerpo y que le había hecho brotar un líquido del centro de su feminidad, estaba anonadada de su reacción, ella nunca había experimentado eso con nadie. Tomó una toalla se envolvió en ella, abrió una gaveta, sacó una tanga y una pijama de short, se vistió y se acostó en su cama, su habitación era amplia con grandes ventanales y un balcón que daba hacia el jardín, lo dejó abierto para que la brisa de la noche entrara, le gustaba la temperatura ambiente, le desagradaban los aires acondicionados, así estuviese iniciando el verano, ya estaban en el mes de julio con temperatura de más de 26 º, ella los evitaba todo lo que podía. Daba vueltas en la cama sin lograr conciliar el sueño, habían pasado varias horas, miró el reloj y eran casi las diez de la noche, escuchó unos golpes en su puerta, se quedó sentada en la cama, cuando insistieron, se levantó, abrió la puerta, pero se quedó cubierta tras la misma, era nada más y nada menos que Sebastián, se encontraba en la entrada de su habitación, con un pantalón de pijama n***o y sin camisa, su cabello n***o alborotado y con una mirada intensa le dijo —¿Puedo entrar a conversar un momento contigo? — Entre tú y yo no hay ningún tema de conversación —Respondió. —Creo, hay más temas de lo que puedas imaginar—. Y empujando la puerta entró a su habitación cerrando tras él, se quedó observándola de pies a cabeza con ojos nublados por el deseo y sin pronunciar palabra, la tomó en sus brazos y la besó con mucho ímpetu, ella se quedó en blanco, dejó de pensar, solo empezó a sentir ese contacto con su piel que a enloquecía. Sebastián la acostó en la cama y empezó a desnudarla lentamente, mientras le acariciaba sus senos, se excitó más al sentirlos libres bajo el pijama, y comenzó a mordisquearle cada parte de su cuerpo, pasó sus manos por el centro de su feminidad, haciéndola estremecerse, sentía su ser derretirse, Bella se arqueó y comenzó a moverse al ritmo que él le indicaba con sus manos, estaba loca de excitación, mientras suaves gemidos escapaban de su boca, los cuales el acallaba con feroces besos, sentían la sangre hirviendo por la pasión. Sebastián se apartó de ella para quitarse el resto de su ropa y volvió a su lado para seguir seduciéndola, con caricias que nublaban sus sentidos, haciéndola sentir una dulce ansiedad. Él siguió examinando sus suaves curvas, tomó uno de sus pezones mientras lo atormentaba con su lengua y al otro lo acariciaba con pericia y de allí fue explorando hasta bajar por la curva de su vientre y llegar al punto más sensible de su cuerpo. Bella estaba fuera de sí, abrumada por el placer que experimentaba, necesitaba algo más, aunque desconocía de que se trataba, solo sentía que su cuerpo estaba encendido y que en cualquier momento explotaría y sin poder controlarse le decía — Por favor Sebastián. Él se rió y le dijo — ¿Por favor que Bella? ¿Dime qué quieres? Ella le respondió con un gemido —Hazme tuya Sebastián —Ya lo estoy haciendo pequeña, nunca vas a poder olvidarme, éste momento quedará grabado en tus recuerdos—. En ese momento ella alcanzó la cúspide más alta, extendiendo un calor por todo su ser que la debilitó, aún no se había recuperado, cuando Sebastián penetró en su húmedo calor de una sola embestida, ella pegó un grito por el dolor que experimentó, él se paralizó y se quedó observándola, espero un momento que mitigara el dolor y después le dio suaves besos y empezó a mover sus caderas con apasionadas embestidas. No sintió más dolor y a un mismo ritmo que alimentaba el fuego que sentían, se movieron sintiendo pequeñas descargas que los sacudían hasta llegar a la cima, donde se aferraron uno en brazos del otro, con las últimas embestidas entre jadeos, sus cuerpos saltaron en miles de pedazos, llevándolos al punto culminante de la mayor satisfacción s****l. Ambos respiraban con dificultad, mientras poco a poco sus respiraciones recuperaron el ritmo normal. Sebastián la abrazó con ternura y le dio una lluvia de besos en el cuello. Pero de repente se levantó y le dijo —Espero que hayas quedado satisfecha Mia Cara, nunca pensé que podía experimentar tanto éxtasis contigo, ¡Quién lo hubiese pensado! Y eso que eras virgen, no me imagino lo buena que serás en la cama cuando tengas experiencia —le dijo con saña levantándose de la cama. Ella se cubrió con las sábanas, estaba impresionada con lo que decía y no entendía porque se comportaba de esa manera, si sólo hacía unos minutos estaban amándose. —No entiendo. ¿Por qué me hablas así? Cuando hace sólo un momento estábamos haciendo el amor. El rió con una risa malévola y le dijo: —¿Hacer el amor? ¿Quién te dijo que yo hago el amor? Para hacerte el amor tendría que amarte y yo a ti ni siquiera te aprecio. Eso sólo fue sexo, muy bueno por cierto, pero sexo al fin. No te creas importante en mi vida por haber sido virgen, tampoco creas que con eso me vas atrapar y yo no pertenezco a ninguna mujer y menos a una con una madre como la tuya. Mientras él hablaba entraron sin tocar sus amigos y las amigas, y empezaron a burlarse, mientras Peter le decía —Excelente hermano, eres mi héroe. Así hayamos perdido la apuesta contigo, lograste llevártela a la cama en menos de ocho horas desde que hicimos la apuesta— terminó carcajeándose. Bella se quedó helada, no podía creer lo que escuchaba — ¿De qué apuesta están hablando? Le respondió Lorenzo—.De la que hizo Sebastián con nosotros, apostamos varias cosas con él si lograba acostarse contigo en menos de veinticuatro horas, si lo hacía en ese lapso ganaba la apuesta y si no debía pagarnos a nosotros. Bella no podía asimilar lo que escuchaba y le dijo —Sebastián ¿esto solo se trataba de una apuesta? Respondió con prepotencia. —No sólo fue una apuesta, también fue el cobro de mi venganza ¿Y qué creías? ¿Qué me acostaría contigo porque eras muy deseable? ¿No te has visto? ¿Ves a las mujeres que me acompañan? —le dijo tomándola por el brazo y exponiéndola desnuda frente a todos—. No has visto tu cuerpo y ve él de Pamela ¿Crees que puedo desearte a ti más que a ella? —las lágrimas rodaban por su rostro, sintiendo que el corazón se le partía en miles de pedazos. Fernando se les acercó molesto. —¡Ya suéltala! ¡Lograste lo que querías! vengarte de la madre de Bella porque fue la amante de tu padre mientras tu madre vivía. ¡Ahora déjala en paz! Ya la humillaste lo suficiente, date por bien servido. —¿Por qué la defiendes Fernando? ¿Te gusta? Entonces te la regalo, ¡disfrútala! — dijo con rabia, saliendo pero antes de llegar a la puerta entraron la mamá de Bella y su padre, Sebastián sonrió con placer.—. ¡Mejor no pudo haberme salido! la venganza es un plato que se come frio Alicia y querido padre, ambos hicieron sufrir a mi madre hasta el último de sus días, ahora yo hago sufrir a su queridísima hija, ¿verdad padre? Porque la amas como una hija, ¡Allí se las dejo! » La muy estúpida pensó que me atraía, y como el tipo de mujer que es igual a su madre, se entregó a mí creyendo me atraparía, pero tuvo un error de cálculo. Allí tienen a su hija, no creo que jamás se pueda recuperar de ésta. Disfruta mi regalo Bella. ¡Feliz cumpleaños! Aunque creo que te felicité el mismo día. — Y con una carcajada se retiró de la habitación dejando a Bella destrozada.
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