3. Capítulo

2325 Palabras
Kaleb se despertaba temprano cada mañana, realizaba ejercicio antes de irse a su despacho a encargarse de los asuntos que tenía pendiente. Como sommelier, debía supervisar el servicio del vino, colaborar con los fabricantes de estos para renovar la selección y lograr mejores precios. Además de crear, actualizar la carta de vinos en coordinación con los chefs, se encargaba de recomendar maridajes de comida y vinos, asesorándose de los clientes, según sus gustos personales en cuanto a la bebida y el plato elegido, e informarles sobre las diferentes variedades de vinos y sus precios. Aunque era el dueño del viñedo, decidió hacerse cargo de aquel puesto que ocupaba su sommelier ya que este se encontraba enfermo. Kaleb era un hombre exigente y no confiaba en más nadie que Lisandro, pues el señor que lo vio crecer, había trabajado años para su padre y siempre fue eficiente en su labor. El reloj marcaba las siete en punto y aún Sahara no daba indicios de haberse despertado, así que el jóven Ainsworth se tomó el atrevimiento de ir hasta su habitación y entró sin molestarse a tocar la puerta. No solía ser irrespetuoso con las damas invadiendo su privacidad de esa manera, mucho menos a una jóven que lo más probable era que lo tildaría de acosador. Sin embargo no iba a tolerar el comportamiento poco informal de esa niñita que lo estaba sacando de quicio y claramente desobedecía sus órdenes para verle enojado. La jovencita se hallaba durmiendo plácidamente, Kaleb no pudo evitar observarla detenidamente. Su largo cabello n***o caía sobre la almohada, algunos mechones lacios cubrían parte de su rostro pálido. Su piel de porcelana, se veía tan tersa que sintió la necesidad de estirar su mano para comprobarlo. Sin embargo, se abstuvo cuando notó que la chica se removía entre las sábanas blancas. De pronto Sahara abrió los ojos y dió un respingo al ver a Kaleb dentro de su habitación, confundida se incorporó pero al percatarse que solo vestía una camisa, sus mejillas se tiñeron de carmesí. —¿Qué haces aquí? ¿No te enseñaron que debes tocar antes de entrar? —espetó incomoda al tenerlo en la misma habitación que ella. De repente se sintió intimidada por aquella mirada de color pardo. —¿Y a ti no te enseñaron a ser competente? —atacó el jóven cruzándose de brazos—. Anoche te dije claramente que debías estar lista antes de las siete... —Ay por favor —lo interrumpió la chica rodando los ojos—. ¿Quién se levanta a esa hora? ¿Tengo cara de madrugar o qué? Kaleb acortó la distancia reprobando la actitud grosera de aquella adolescente, que sin duda alguna le faltaba educación. Cuando estuvo cerca, la tomó del brazo importándole un bledo ser delicado y la arrastró fuera de la cama. —¡¿Pero qué mierda te sucede...?! —No soportaré que me hables de esa forma, así que espero que esta sea la última vez. Estás en mi casa y harás lo que te pido, quieras o no —determinó en una orden que la hizo temblar de los pies a la cabeza—. Cámbiate y bajas a desayunar, tienes cinco minutos. Le soltó el brazo y abandonó la habitación de la chica, enfuruñado. Si había algo que más odiaba Kaleb, era ese tipo de comportamiento que tenía la menor de los Hampson. No entendía cómo es que había cambiado tanto, ya no quedaba nada de aquella niña tímida y dulce que conocía. Era cierto que su infancia no fue nada fácil, de hecho, la comprendía un poco. Él también perdió a su madre a temprana edad, y a pesar de tener a su padre que le sirvió de consuelo, casi nunca podía verlo puesto que su trabajo lo consumía tanto que llegaba agotado a casa, cuando él ya se encontraba dormido. Pero a diferencia de Sahara, que siquiera puedo disfrutar de ninguno de sus padres, Kaleb tuvo una infancia menos dura que la de ella. No obstante, le bastó ver con sus propios ojos la conducta de la jóven, para darse cuenta que todo lo que le había dicho Stephen era verdad. Sahara le gustaba hacer las cosas a su modo, y por esa razón es que siempre acababa en líos. Era indomable, traviesa y nunca podía quedarse callada, su lengua parecía tener vida propia. Kaleb cruzó la cocina, la señora Leyla se encontraba sirviendo el desayuno, eran tostadas Francesa con huevos revueltos y tocino. El olor era magnífico, tendría que comprobar si era igual de bueno como olía. Aunque bueno, sin duda alguna estaría riquísimo, ya había despedido a tres cocineras puesto que ninguna lo complacían como él quería. Tenía un exigente paladar y no se conformaba con cualquier "comida" si es que así se podría llamar a lo que cocinaron las anteriores empleadas. Pero esperaba que esta vez fuera diferente, tenía un buen presentimiento. También había estado vigilando a la nueva cocinera y se notaba que sabía hacer lo suyo, además que era limpia al elaborar la comida. Con eso ya estaba convencido, había pasado la prueba. —Que proveche señor —le colocó el plato en la encimera. —Gracias —la señora Leyla se retiró dejándole solo en la cocina. Normalmente solía comer en el comedor, pero no le apetecía hacerlo junto a la menor que vivía bajo su techo. Bastaba con verla rodar los ojos o hacer cualquier mueca para ponerlo de mal humor, y sus comentarios sarcásticos le molestaban muchísimo. La crianza que tuvo Kaleb había sido bajo estrictas reglas, su padre fue un hombre de mal carácter y apenas el más mínima error y terminaba castigado. Quizá por eso le parecía tan grosero y maleducado la actitud de aquella jovencita tan rebelde. Soltó un bufido al percatarse de que sus pensamientos se desviaron a Sahara. El recuerdo de hace minutos invadió su mente. No pudo evitar preguntarse qué otras cosas hizo la joven cómo para que su hermano no confiara en ella dejándola sola en casa, y aunque era cierto que Stephen le había comentado el motivo principal, algo no encajaba en todo eso. El sonido de su móvil lo sacó de sus pensamientos, se trataba de Diana, su ex prometida que no paraba de molestarlo a pesar de haberse largado a Francia y no le importó dejarlo plantado en el altar. Sí, todo fue un completo desastre para kaleb que en aquel momento deseaba formar una familia. Ya sus planes y sueños habían cambiado, no tenía intenciones de comprometerse de nuevo, pero la pelirroja parecía no entenderlo. —¿Qué quieres? —respondió la llamada de forma desdeñosa. Desde que regresó a la ciudad, no hacía más que llamarlo. Kaleb sabía cuáles eran sus intenciones, pero la verdad es que él no quería nada con esa mujer. —Hola Kaleb, ¿Cómo estás? Yo estoy bien, gracias por preguntar —habló sarcástica la mujer que un día fue el amor de su vida. El joven resopló. —Oh vaya, ¿ahora sí te interesa cómo estoy? —se rió amargamente—. Ay por favor, no seas hipócrita y vete a molestar a otro que no sea yo. —Sé que estás molesto conmigo, y lo entiendo. Comprendo que me comporté horrible contigo y no merecías lo que te hice —Kaleb aprieta el puente de su nariz haciendo un esfuerzo sobrehumano para no insultarla o colgar la llamada que no debió responder. —Mira, el pasado es pasado y sinceramente ya no me afecta en lo más mínimo lo que sucedió, así que si lo que te importa es obtener mi perdón. Pues está bien, acepto tus disculpas —dijo apoyándose del respaldar del taburete—. Pero hazme el favor y no vuelvas a llamarme, el hecho de que te perdone no quiere decir que seremos amigos. De hecho lo último que querría es cruzarme contigo, ya han pasado cinco años y desde entonces todo ha cambiado. La línea se quedó en silencio, por lo que no dudó en finalizar la llamada. Se puso de pie y subió a su habitación tomando sus cosas para irse a la oficina. Escuchó unos pasos en el pasillo, se asomó y la vio allí. Sahara llevaba un overol de un color amarillo chichón que lo escandalizó, unas botas color marrón y su cabello recogido en una larga trenza que caía tras su espalda. La jovencita sintió una mirada, al girar su cabeza se encontró con nada más y nada menos que kaleb, quien la observaba con su habitual rostro inexpresivo. ¿Es que nunca sonreía o qué? Se preguntó mentalmente la jóven. —¿Qué haces allí? Pensé que ya te habías marchado —Sahara se abstuvo de volverá los ojos. —Mi hermano me llamó y por eso he tardado. Quería hablar unas cosas conmigo —explicó calmadamente. Kaleb se acercó a las escaleras dispuesto a bajar, pero antes se giró y le dijo. —Bien, anda a desayunar. Ya te has atrasado suficiente —pasó por su lado sin darle tiempo de responderle a la jóven. Pero Sahara lo alcanzó e hizo que se detuviera. Mordió su lengua para no soltarle lo primero que había pasado por su mente. No sé comportaría igual que él. Se lo había prometido a Stephen. —Comenzamos con el pie izquierdo, ¿Por qué no lo volvemos a intentar? —le propuso estirando su mano, mano la cual Kaleb dejó estirada y no estrechó La jóven la bajó un tanto avergonzada. Más no se permitió demostrarle que deseó darle una bofetada o tirarlo por las escaleras. Pues recordó que le juró a su hermano llevarse bien o intentar convivir con su amargado mejor amigo, y ahora también jefe. Sin embargo, eso le pareció algo muy difícil, le odiaba. Y por lo visto el sentimiento de odio era mutuo. —Sería un completo ingenuo si hago tal cosa. Es obvio que Stephen tiene algo que ver es todo esto, seguro te dijo que como te estás quedando aquí debemos tener una buena relación, ¿No es cierto? —la joven asintió con la cabeza—. Lo supuse. Pues te diré que eso sería como decir que el agua y el aceite se mezclen. En otras palabras, nunca podremos estar encerrados en la misma habitación sin que discutamos o alguno de los dos acabe rodando por las escaleras. Ambos tenemos diferentes personalidades, somos polos complemente opuestos, y dicen que esos se repelan. Dio media vuelta y bajó las escaleras caminando con una seguridad en si mismo, que a la joven Sahara le pareció de lo más pretencioso. Estuvo dispuesta a mantener una convivencia agradable entre ellos, pero sus palabras le confirmaron que aquel hombre carecía de sentimientos. Era un imbécil antisocial. Un cretino. Su odio hacia él aumentó y le haría la vida de cuadritos. Pensó Sahara dibujando una sonrisa malévola en sus labios. —No sabes con quién te has metido, Kaleb —dijo para si misma. (...) En el viñedo los trabajadores se hallaban conversando mientras se hacía la hora de comenzar la ardua labor. La mayoría de ellos eran jóvenes de menos de treinta años de edad, por lo que Kaleb fue directo y claro al ordenarles que no debían acercarse a Sahara con otro fin que no fuera por trabajo. Los conocía y sabía que la jóven sería atractiva a los ojos de sus empleados. Y como era responsable de ella, pues su mejora mucho le había encargado cuidar de su tesoro más preciado; Sahara. No iba a permitir que le hicieran daño. —Cris —llamó al más joven de sus trabajadores, que si bien recordaba aún no pasaba los dieciocho. —Señor —saludó acercándose a Kaleb. —Vigila a cualquiera de estos hombres que intenten pasarse de listos con Sahara, ¿Entendido? —De acuerdo señor —respondió el adolescente sin atreverse a mirarlo directamente a los ojos. El hombre era intimidante y a comparación con él, que no era más que un delgado muchacho, su jefe Kaleb, le daba un poco de miedo. Y los rumores que esparcían en el pueblo donde vivía sobre el hijo del señor Ainsworth, no hacia más que incrementar su temor hacia el dueño del viñedo dónde trabajaba. —¡Atención todos por favor! —Kaleb alzó la voz para que los empleados escucharán lo que tenía que decirles—. Este año tenemos una competencia aún más ruda que la anterior, es por eso que les pido que me informen de todo lo que ocurra con las uvas, el proceso, todo. ¿Está claro? —¡Sí señor! —dijeron todos los hombres al unisono. Ainsworth estaba por marcharse, cuando de repente Sahara hizo acto de presencia y los presentes no pudieron simular su asombro al ver a una chica como ella. Kaleb se encaminó hacia la joven y la arrastró dentro de su despacho de vino, sin importarle las miradas curiosas de sus trabajadores. Al haber ingresado, le soltó el brazo con rapidez como si este quemara. —Vaya forma de recibir a tus esclavos —murmuró Sahara con su característico sarcasmo. Kaleb ignoró su comentario. No estaba de humor para su chistes. —Ya les he dado órdenes a ellos para que no se sobrepasen contigo y... —Sé cuidarme sola —lo interrumpió cruzándose de brazos. Sahara no entendía su actitud, de pronto era antipático con ella y de un momento a otro le interese su bienestar. Era un bipolar. Se dijo la jóven mirándolo detalladamente. —De eso no estoy tan seguro, pero lo que si sé es que no permito las relaciones sentimentales dentro del trabajo. Así que espero y obedezcas —la joven lo miró con hastío—. Puedes retirarte, Cris te explicará que debes hacer. Le ordenó y se retiró sin siquiera despedirse. —Idiota —dijo la jóven en un murmullo bajo.
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