Cuando era una niña, Sahara le encantaba ir a la montaña con su abuelo Malcolm. Solía llevarse su cámara, esa que Stephen le regaló y tenía colgada de su cuello día y noche sin soltarla. La jovencita amaba la naturaleza, captar momentos únicos de los animales que habían en aquel lugar tan maravilloso. Se sentía en un paraíso, y a la hora de marcharse de allí le costaba mucho a la pequeña, hasta el punto de lloriquear. Su abuelo debía darle un dulce para que la niña no estuviera triste, él no soportaba ver sus ojitos llenos de lágrimas. Malcom hacía lo que fuera por su pequeña saltamontes, como le llamaba a la joven Sahara, pues no estaba quieta ni por un segundo. Brincaba de aquí para allá sin parar. Sahara sonrió nostálgica, recordando a su abuelo. Lo extrañaba demasiado, su sonrisa e

